La Vocación... Llamada de Amor
"Si me siento atraído por Jesús, si su voz calienta mi corazón, es gracias a Dios Padre, que ha puesto dentro de mi el deseo del amor, de la verdad, de la vida, de la belleza... ¡Y Jesús es todo esto en plenitud!"
Papa Francisco, 2013
La experiencia vocacional, es la vivencia de la fe de todo bautizado que consciente, del don recibido por el sacramento, es capaz de vivir dispuesto y disponible a escuchar la voz de Dios, aceptar el reto de hacer la voluntad del Padre cumpliendo sus mandatos, así como correspondiendo con generosidad a la misión encomendada - "Ir por el mundo haciendo el bien".
El término vocación, proviene del latín vocatio y, para los cristianos, es la inspiración con que Dios llama a algún estado de vida consagrada. Es por esto que el concepto también se utiliza como sinónimo de llamamiento o convocación. Considerando, esta definición, la primera frase de Papa Francisco, en la publicación CurasOnline 2013, sobre la vocación es fácilmente comprensible. Dios inspira el corazón de la humanidad, para que algunos, convocados de forma particular por obra y gracia del Espíritu Santo, "se sientan atraídos por Jesús", deseen conocerlo, amarle y servirle.
Y qué puede atraernos de El... - será su aspecto, será su voz, será su personalidad o sus obras, será su naturaleza o su identidad. La atracción es total, es fatal, imagínate, "Un Dios que se hace Hombre", "Hombre que al mismo tiempo es Dios". Veamos el relato de Moises, en el Libro del Exodo (Cap. 3); Dios utiliza la zarza ardiente, para capturar en un abrir y cerrar de ojos toda la atención de Moises. Una vez queda conmovido por el hecho extraordinario e inusual "Una Zarza Ardiente, Que No Se Consume", está presto para escuchar la voz de Dios. De inmediato, Dios le revela su nombre, Yo Soy El Que Soy. Manifiesta su cercanía con el Pueblo de Israel, dejandole saber a Moises que ha visto y escuchado el clamor de su pueblo. Entonces, en un acto de plena confianza invita a Moises a ser colaborador en la salvación de su pueblo.
Hoy el milagro de la Zarza Ardiente se repite, cada vez que alguien, escoge vivir la fe con mayor intensidad y radicalismo. Todos por medio del bautismo fuimos incorporados a la vida de la gracia, para que por obra del Espiritu podamos vivir una vida dedicada a Dios, unida a El. Aquellos que han sido llamados a vivir de forma particular algún estilo de vida consagrada, han sido cautivados por el fuego ardiente e inconsumible del amor de Dios, atraídos por la intensidad de la palabra de Cristo, convertidos a El pueden dejarlo todo para seguirle. Una vez, van en pos de Cristo, entregan su vida para que otros descubran la verdadera alegría que llena sus corazones. Es por esto, que el Espíritu infunde en el corazón humano la urgencia de servir, de cuidar al Santo Pueblo de Dios, de ser custodios del alma unos de otros. Por otro lado, el motivo de nuestra atracción está centrado en la relación intima y cercana que Dios nos propone a través de Jesucristo. Cada vez que acogemos en nuestro interior la voz de Dios y nos dejamos envolver en la gracia del Espíritu, entramos en un vínculo más cercano con El. Bien nos dice la Carta de Pablo a los Romanos que: "Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman, a quienes él ha escogido y llamado. A los que de antemano conoció, también los predestinó a ser como su Hijo y semejantes a él, a fin de que sea el primogénito en medio de numerosos hermanos. Así, pues, a los que él eligió, los llamó; a los que llamó, los hizo justos y santos; a los que hizo justos y santos, les da la Gloria". Hemos sido creados y elegidos para ser imagen y semejanza de Dios, convocados por él para vivir en santidad.
Entonces, si la inspiración proviene de Dios, y Jesucristo es Dios y Hombre verdadero, El mismo, es el que estimula e impulsa, al ser humanao a seguirle. Solo entrando en contacto con Dios, podemos sentirnos atraídos por El. En la vocación hay un juego de seducción entre Dios y Ser Humano; Dios que se acerca, se hace evidente para que nos resulte intelectualmente llamativo, irrestible a nuestros sentidos y sentimientos cada vez que manifiesta su amor. Cada vez que se acerca a cualquiera de su hijos, les revela su identidad, su naturaleza y su plan de salvación, es decir su deseo de amor. Estar atentos a la llamada de Dios y responder con generosidad ante su solicitud, equivale a ser dóciles a la voluntad de Dios, aceptar que el cuenta con nosotros para que el plan de salvación se cumpla y la alianza perpetua de amor se renueve. El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados (Romanos 8, 12ss).
Llamados por el Amor, para vivir en el amor, Dios invita a cada uno a descubrir su propósito personal, ese proyecto de vida que unido al deseo de amor de Dios, nos conduce hacia la santidad. Ese es el misterio de la vocación, hayar la plenitud y la felicidad en Dios, en su amor y su misericordia. Oremos para que cada día aumente el número de los fieles que con generosidad correspondan al llamado de Dios y vivan dignamente su vocación.



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