Permanezcan en mi Amor
«En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
Como el Padre me amó,
yo también os he amado a vosotros;
permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos,
permaneceréis en mi amor,
como yo he guardado los
mandamientos de mi Padre,
y permanezco en su amor. O
Os he dicho esto,
para que
mi gozo esté en vosotros,
y vuestro gozo sea colmado».
Juan 15, 9 -11
La obra misionera de la Iglesia
ha sido a través de las épocas el esfuerzo consistente de propagar la fe y
anunciar la salvación a todos los pueblos.
Una invitación que si se toma de referencia los evangelios, es el
encargo de Jesús a sus discípulos en el relato de la resurrección. « Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creatura» (Mc
16, 9-15). Para los católicos la misión
consistía en las iniciativas de evangelización promovidas y dirigidas por la
Sede apostólica de Roma; sin la intervención de las iglesias diocesanas, ni los
grupos particulares (García, 2014, p.29).
El encargo misionero católico estuvo dirigido por las Órdenes Religiosas,
conscientes de la importancia de anunciar el evangelio, desde Occidente hacia
otros territorios(p.30), con énfasis en la propagación de la fe. Mientras
que, entre los protestantes, el esfuerzo
misionero estuvo enfocado en vivir la alegría
de la salvación personal y anunciarla con insistencia hasta los confines
de la Tierra(p.30).
Al ver los esfuerzos concretos que se realizan en distintas inmediaciones
de la Iglesia, pareciera que se ha cumplido la misión a cabalidad. La Iglesia cuenta con excelentes proyectos de
beneficencia para los pobres y desamparados, confiando en que con esa labor
social se está imitando a Cristo, que atendía constante a los pobres, sanando,
enseñando y compartiendo la mesa con ellos.
Sin embargo, la obra apostólica o de misericordia es sólo una rama del
gran árbol que constituye la misión. Una
expresión de la acción del Espíritu, que provoca en los líderes misioneros una
profunda sensibilidad ante las necesidades del prójimo.
Se pueden diseñar proyectos muy nobles de misión, cuando se tiene claro el
punto de partida dinamizador que estimula en el corazón humano el deseo de
obrar en favor de los demás. Dios, su
amor y su misericordia, que tiene una iniciativa constante de acercamiento, un
deseo insaciable de estar en relación con su creatura, deseo de salvación. En el Árbol de la Misión, Missio Dei, Dios es
el tronco, con raíces muy profundas en el amor.
Juan 15, 1 - 8
«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el
viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da
fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a
la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo
que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid;
así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los
sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque
separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado
fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y
arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo
que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho
fruto, y seáis mis discípulos.
Entonces, cómo cumplir con el encargo en
nuestra vida diaria. Viene a mi mente la
Parábola de la Vid y los Sarmientos (Jn 15, 1 - 11). Si el encargo misionero es
anunciar al Dios vivo, que a todos ama, entonces hay una urgencia en el
misionero por estar en relación intima de amor con Dios. Todos los relatos bíblicos del Antiguo Testamento
hacen memoria del profundo amor de Dios por su Pueblo. Tal como, en el Nuevo Testamento, se confirma
por medio de Cristo, que la promesa de amor se cumplió en Él.
Vivir en clave de la misión de
Dios, es vivir experimentando su amor y su misericordia. La invitación a permanecer en el amor de
Dios, es inicio y fin de la obra misionera. Para hablar del Evangelio con
cordialidad, debemos experimentar la cordialidad de Dios. Como el
Padre me amó, yo también les he amado a ustedes; permanezcan en mi amor. Si
guardan mis mandamientos, permanecen en mi amor, como yo he guardado los
mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor (Jn 15, 9ss).
Permanecer,
estar con Él, estar presente, hacer vida con El. Estar conscientes de que las buenas obras que
brotan en la mente y el corazón vienen de Él y deben regresar a Él. Es Dios quien nos inspira a través del
Espíritu que se nos ha dado (Ef 1,3-10). Al
tener una idea de labor misionera, la entregas en oración a Dios para validar
si viene de Él, de su voluntad o de tu propia voluntad. Es una necesidad de los pobres que te rodean,
que la puedes palpar en tu relación con ellos, porque estas insertado con ellos
en la comunidad. O es un plan egocéntrico, retórico, para satisfacer el deseo
narcisista de recibir reconocimiento público. Están presentes los signos de la
voluntad de Dios o son los signos de tu propia voluntad. Cómo saberlo… Experiencia de Dios, vida de
oración, que gesta en el corazón humano el deseo de salvación, para que en las
obras cotidianas se ganen muchas almas para Dios.
El gran
Árbol de la Misión tiene ramas, las que
proceden de Cristo. Es él quien llama,
elige y envía, revela el rostro de Dios, enseña la formación necesaria para
anunciar su mensaje. Comunica su misión,
extender el Reino de Dios, para que el misionero comprenda que imitándolo, está
llamado a vivir en obediencia permanente a Dios. Por la cruz redimió a la humanidad y lleva a cada
ser humano hasta la cruz para enviarlo
a la misión. El se convirtió en redentor
de muchos, para que todo aquel que lo sigue, imitándolo, comunique por sus
obras la redención al mundo entero.
Todos
los árboles tienen hojas, algunos dan frutos y otros son ornamentales, con
flores muy vistosas. Así también es la
Iglesia, constituida por variedad de miembros, bautizados y no bautizados, con
cualidades, talentos, dones y carismas diversos, pero todos creados por Dios.
A cada
uno según la voluntad de Dios, el Espíritu lo ha dotado con un llamado
particular, algunos con gran disponibilidad y docilidad responden a ese llamado
asumiendo una vocación específica. Los
cristianos que descubren su vocación y son obedientes a la voluntad del Padre,
dan gloria a Dios, sirven a la Iglesia y edifican al mundo con su testimonio de
vida.
Lozanas hojas, sabrosos frutos y hermosas flores que
dispersas por el mundo, embellecen y nutren el jardín de la vida. Cada proyecto misionero, dirigido por
consagrados, consagradas o laicos son esas hojas, frutos o flores que el
Espíritu suscita en medio de la Iglesia para anunciar el amor de Dios, propagar
la fe, acoger la salvación como don gratuito y promover la santidad de todos
los hijos e hijas de Dios. Laicos y
Consagrados(as), todos por el bautismos hemos recibido la misma encomienda ser
sacerdotes, profetas y reyes. Amar y
adorar a Dios sobre todas las cosas, anunciar y denunciar conforme el Espíritu
inspira al profeta y la Palabra de Dios lo instruye, así como servir al prójimo. Ese es el verdadero reinado de Cristo,
servicio y amor, misericordia que es el rostro vivo de Dios. Por esto, la misión de Dios, "Missio Dei", siempre será el amor. Aquellos que han sido abrazados por el amor de Dios, no tienen otro propósito en medio del mundo que amar. Cantar alabanzas al Señor, porque así como canta el himno: Dios... "nos envía por el mundo a anunciar la Buena Nueva, a encender mil antorchas y a gestar una nueva primavera" de justicia y de paz.
Ivette Fontánez Ojea, Ovc
Redactado 13 de diciembre de 2016
Editado 19 de Agosto de 2017
Referencia:
Garcia Paredes, J.C.R. (2014) Cómplices Del Espíritu. El Paradigma de la Misión
La Biblia. Edición VII. Ediciones Paulinas


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