sábado, 19 de agosto de 2017

Permanezcan En Mi Amor

 
Permanezcan en mi Amor

«En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
Como el Padre me amó,
yo también os he amado a vosotros;
permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos,
permaneceréis en mi amor,
como yo he guardado los mandamientos de mi Padre,
y permanezco en su amor. O
Os he dicho esto,
para que mi gozo esté en vosotros,
y vuestro gozo sea colmado».

Juan 15, 9 -11
 
La obra misionera de la Iglesia ha sido a través de las épocas el esfuerzo consistente de propagar la fe y anunciar la salvación a todos los pueblos.  Una invitación que si se toma de referencia los evangelios, es el encargo de Jesús a sus discípulos en el relato de la resurrección. « Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creatura» (Mc 16, 9-15).  Para los católicos la misión consistía en las iniciativas de evangelización promovidas y dirigidas por la Sede apostólica de Roma; sin la intervención de las iglesias diocesanas, ni los grupos particulares (García, 2014, p.29).
El encargo misionero católico estuvo dirigido por las Órdenes Religiosas, conscientes de la importancia de anunciar el evangelio, desde Occidente hacia otros territorios(p.30), con énfasis en la propagación de la fe. Mientras que,  entre los protestantes, el esfuerzo misionero estuvo enfocado en vivir la alegría  de la salvación personal y anunciarla con insistencia hasta los confines de la Tierra(p.30).

Al ver los esfuerzos concretos que se realizan en distintas inmediaciones de la Iglesia, pareciera que se ha cumplido la misión a cabalidad.  La Iglesia cuenta con excelentes proyectos de beneficencia para los pobres y desamparados, confiando en que con esa labor social se está imitando a Cristo, que atendía constante a los pobres, sanando, enseñando y compartiendo la mesa con ellos.  Sin embargo, la obra apostólica o de misericordia es sólo una rama del gran árbol que constituye la misión.  Una expresión de la acción del Espíritu, que provoca en los líderes misioneros una profunda sensibilidad ante las necesidades del prójimo.
Se pueden diseñar proyectos muy nobles de misión, cuando se tiene claro el punto de partida dinamizador que estimula en el corazón humano el deseo de obrar en favor de los demás.  Dios, su amor y su misericordia, que tiene una iniciativa constante de acercamiento, un deseo insaciable de estar en relación con su creatura, deseo de salvación.  En el Árbol de la Misión, Missio Dei, Dios es el tronco, con raíces muy profundas en el amor.   

 
Juan 15, 1 - 8
 
«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.

Entonces, cómo cumplir con el encargo en nuestra vida diaria.  Viene a mi mente la Parábola de la Vid y los Sarmientos (Jn 15, 1 - 11). Si el encargo misionero es anunciar al Dios vivo, que a todos ama, entonces hay una urgencia en el misionero por estar en relación intima de amor con Dios.  Todos los relatos bíblicos del Antiguo Testamento hacen memoria del profundo amor de Dios por su Pueblo.  Tal como, en el Nuevo Testamento, se confirma por medio de Cristo, que la promesa de amor se cumplió en Él.
Vivir en clave de la misión de Dios, es vivir experimentando su amor y su misericordia.  La invitación a permanecer en el amor de Dios, es inicio y fin de la obra misionera. Para hablar del Evangelio con cordialidad, debemos experimentar la cordialidad de Dios. Como el Padre me amó, yo también les he amado a ustedes; permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecen en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor (Jn 15, 9ss).

Permanecer, estar con Él, estar presente, hacer vida con El.  Estar conscientes de que las buenas obras que brotan en la mente y el corazón vienen de Él y deben regresar a Él.  Es Dios quien nos inspira a través del Espíritu que se nos ha dado (Ef 1,3-10).  Al tener una idea de labor misionera, la entregas en oración a Dios para validar si viene de Él, de su voluntad o de tu propia voluntad.  Es una necesidad de los pobres que te rodean, que la puedes palpar en tu relación con ellos, porque estas insertado con ellos en la comunidad. O es un plan egocéntrico, retórico, para satisfacer el deseo narcisista de recibir reconocimiento público. Están presentes los signos de la voluntad de Dios o son los signos de tu propia voluntad.  Cómo saberlo… Experiencia de Dios, vida de oración, que gesta en el corazón humano el deseo de salvación, para que en las obras cotidianas se ganen muchas almas para Dios.
El gran Árbol de la Misión  tiene ramas, las que proceden de Cristo.  Es él quien llama, elige y envía, revela el rostro de Dios, enseña la formación necesaria para anunciar su mensaje.  Comunica su misión, extender el Reino de Dios, para que el misionero comprenda que imitándolo, está llamado a vivir en obediencia permanente a Dios.  Por la cruz redimió a la humanidad    y   lleva a cada   ser humano   hasta   la cruz  para enviarlo a la misión.  El se convirtió en redentor de muchos, para que todo aquel que lo sigue, imitándolo, comunique por sus obras la redención al mundo entero.

Todos los árboles tienen hojas, algunos dan frutos y otros son ornamentales, con flores muy vistosas.  Así también es la Iglesia, constituida por variedad de miembros, bautizados y no bautizados, con cualidades, talentos, dones y carismas diversos, pero todos creados por Dios.
A cada uno según la voluntad de Dios, el Espíritu lo ha dotado con un llamado particular, algunos con gran disponibilidad y docilidad responden a ese llamado asumiendo una vocación específica.  Los cristianos que descubren su vocación y son obedientes a la voluntad del Padre, dan gloria a Dios, sirven a la Iglesia y edifican al mundo con su testimonio de vida.
 
Lozanas hojas, sabrosos frutos y hermosas flores que dispersas por el mundo, embellecen y nutren el jardín de la vida.  Cada proyecto misionero, dirigido por consagrados, consagradas o laicos son esas hojas, frutos o flores que el Espíritu suscita en medio de la Iglesia para anunciar el amor de Dios, propagar la fe, acoger la salvación como don gratuito y promover la santidad de todos los hijos e hijas de Dios.   Laicos y Consagrados(as), todos por el bautismos hemos recibido la misma encomienda ser sacerdotes, profetas y reyes.  Amar y adorar a Dios sobre todas las cosas, anunciar y denunciar conforme el Espíritu inspira al profeta y la Palabra de Dios lo instruye, así como servir al prójimo.  Ese es el verdadero reinado de Cristo, servicio y amor, misericordia que es el rostro vivo de Dios.  Por esto, la misión de Dios, "Missio Dei", siempre será el amor. Aquellos que han sido abrazados por el amor de Dios, no tienen otro propósito en medio del mundo que amar. Cantar alabanzas al Señor, porque así como canta el himno: Dios... "nos envía por el mundo a anunciar la Buena Nueva, a encender mil antorchas y a gestar una nueva primavera" de justicia y de paz.
 
Ivette Fontánez Ojea, Ovc
Redactado 13 de diciembre de 2016
Editado 19 de Agosto de 2017
 
Referencia:
Garcia Paredes, J.C.R. (2014) Cómplices Del Espíritu. El Paradigma de la Misión
La Biblia. Edición VII. Ediciones Paulinas

 

 

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