Autora y Presentadora: Psicóloga Ivette Fontánez Ojea, OCV
Diócesis Fajardo Humacao
La Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica publicó el 4 de julio de 2018, la Instrucción sobre el Ordo Virginum Ecclesiae Sposae Imago. Con el propósito de facilitar la aplicación de las normas del Pontifical Romano implícitas en el canon 604 del Código de Derecho Canónico, así como en la definición de una disciplina más completa y orgánica que, según los principios comunes del derecho de la vida consagrada en sus diversas formas, especifique las peculiaridades del Ordo Virginum[1]. Además para atender la petición de los obispos de todo el mundo, que consecuentemente solicitaban a la Santa Sede una guía que les permitiera regular el estado de vida de las Vírgenes Consagradas en su Iglesia local y poder acompañar mejor a las candidatas que solicitaran la consagración virginal.
La virginidad perpetua por el Reino es un carisma del
Espíritu que Dios ha conferido a la Iglesia por medio de almas generosas que
han decidido seguir a Cristo Esposo, mientras viven en el mundo y sirven en sus
comunidades eclesiales. Desde tiempos
apostólicos, esta expresión del Misterio de la Iglesia ha encontrado
una manifestación totalmente peculiar en la vida de aquellas mujeres que,
correspondiendo al carisma evangélico del amor esponsal suscitado en ellas, se han
dedicado al Señor Jesús en virginidad, para experimentar la fecundidad
espiritual de la íntima relación con Él y ofrecer los frutos a la Iglesia y al
mundo. «En los primeros siglos cristianos, esta forma
de vida evangélica se expresó de forma espontánea en las primeras comunidades
cristianas[1], figurando entre las otras formas de vida ascética. En los tres
primeros siglos numerosísimas vírgenes consagradas sufrieron el martirio
por permanecer fieles al Señor»[2].
A partir del
siglo IV, el ingreso
en el Ordo Virginum se hacía por medio de un solemne rito litúrgico, presidido
por el Obispo diocesano[3]. Con esta ceremonia pública, la Iglesia en la
persona del Obispo, reconocía y recibía el santo propósito de estas mujeres de
vivir dedicadas al servicio de Dios y la Iglesia, unidas a Cristo Esposo. «El santo propósito en la
tradición más pura, patrística y monacal, es un compromiso muy cercano al voto,
por el que abrazan públicamente tal estado de virginidad y son consagradas a
Dios, para seguir a Cristo más de cerca, en virginidad, y, consagradas por el
Obispo diocesano conforme al Rito litúrgico aprobado, se dedican al servicio de
la Iglesia»[4]. La
Iglesia reconoce que no es una veleidad
interior (¡el simple propósito!), sino una voluntad comprometida, explícita y
formal, expresada ante la Iglesia y por ésta recibida, con las notas de
firmeza, eficacia, universalidad y perpetuidad.
El santo propósito de la virginidad perpetua por el
Reino, no es en sí mismo un voto semejante al que profesan las monjas o religiosas,
sin embargo, expresado en la vida pública representa capacidad de la consagrada
de vivir plenamente dedicada a Dios. «El Sanctum Propositum
expresa la firme y definitiva voluntad de perseverar por toda la
vida en la castidad perfecta y en el servicio de Dios y de la Iglesia. Es una
realidad espiritual que se significa y se hace operativa en la celebración
litúrgica de la consecratio virginum, con la que la Iglesia implora sobre las
vírgenes la gracia de Dios y la efusión del Espíritu Santo»[5].
La identidad de la Virgen Consagrada reside en el santo
propósito, como genuina manifestación de la obra del Espíritu que la separa
para Dios y la capacita para vivir la castidad por el Reino. Ecclesia Esponsae
Imago señala que:
« De esta manera las
vírgenes son personas sagradas, signo sublime del amor de la Iglesia por
Cristo, imagen escatológica de la Esposa celeste y de la vida futura[24].
La pertenencia exclusiva a Cristo, ratificada por el vínculo nupcial, mantiene
en ellas la vigilante espera del retorno del Esposo glorioso (Mt 25, 1-13),
vinculadas al misterio de Cristo para la edificación de la Iglesia (Col 1, 24)»[6].
La
virginidad consagrada por el Reino de Dios, es una vocación específica en la
que el Espíritu va configurando a la mujer consagrada con Cristo Esposo. Ella
vive y da testimonio en medio del mundo, de la capacidad que tiene los seres humanos de
«amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente»[7], amar con corazón
indiviso. Su ser encarnado en el mundo puede expresar tal dedicación a Dios en
diversas dimensiones. En cada vocación hay una dimensión antropológica que
incluye los rasgos biológicos y corporales que dan pie a la identidad del ser
humano. La virgen consagrada en su
dimensión antropológica también conjuga con el componente fisiológicos los
rasgos propios de su identidad psicológica.
Temperamento, personalidad, emociones, habilidades intelectuales y
cognitivas, la afectividad y la voluntad integradas conforman la identidad
psicológica. Todos los seres humanos han
sido creados por Dios para estar en relación consigo mismo, con las personas
que le rodean en la comunidad y con Dios. En la dimensión social y cultural la
virgen consagrada encuentra las fuentes propias de sus relaciones humanas. Aquí también encuentra la religión que como
experiencia humana procede de un trasfondo sociocultural relevante; cada virgen
consagrada en su entorno social desde la familia. recorre un camino de
iniciación cristiana que alcanza su fin en la Iglesia y desde la Iglesia se
proyecta en un plan permanente de vida vocacional y de acción pastoral. En la dimensión teológica se manifiesta la
espiritualidad de cada virgen consagrada, vivida desde Cristo Esposo en clave
de amor trinitario. Una dimensión teológica
que la lleva a la intimidad mística con Dios, al anuncio kerygmático de su
relación con Cristo Esposo y al testimonio carismático de su fe por medio de
las buenas obras.
Las
mujeres en las que el Espíritu suscita el carisma de la virginidad (Mt
19, 11-12) reciben la gracia de una vocación singular, por la que Dios
las atrae hacia el corazón de la alianza nupcial (Ap 19, 7-9) que en su
eterno designio de amor ha querido establecer con la humanidad y que se ha
realizado en la Encarnación y en la Pascua del Hijo[8]. Este estado de vida canónico posee naturaleza
jurídica, que es legítimamente reconocida en la Iglesia en el canon 604 del
Derecho Canónico. Constituye un verdadero desposorio espiritual con Cristo o
matrimonio místico; puesto que no es la virgen la que se consagra a Cristo,
sino Cristo el que la consagra perpetuamente para sí, por medio del ministerio
del Obispo. No es ella quien se desposa
con Cristo, sino Cristo el que la desposa consigo para la eternidad.
Esta
consagración es un desposorio indisoluble de gran valor teológico, que
prefigura en la tierra la condición de la Iglesia de ser esposa de Cristo en el
Cielo. Es un carisma vocacional
plenamente eclesial, en relación inmediata y directa con el Obispo de la diócesis
y así como con la Iglesia universal. «Por
su particular vocación, también las mujeres que en la Iglesia reciben la
consagración virginal participan de este misterio: por amor a Cristo, sumamente
amado, renuncian a la experiencia del matrimonio humano, para unirse a Él por
un vínculo esponsal, para experimentar y testimoniar en la condición
virginal (1 Cor 7, 34) la fecundidad de esa unión, y anticipar la realidad de
la comunión definitiva con Dios a la que toda la humanidad está llamada (Lc
20, 34-36)»[9].
En cada virgen consagrada el Espíritu suscita
un camino propio, conforme a su carisma
personal, que hay que conocer y respetar. Sin embargo, «las consagradas se dejan acompañar
y sostener por la Iglesia en la acción constante de un discernimiento humilde,
con el fin de comprender cuál es la voluntad de Dios para su vida (Rm 12, 2) y
así poder reconocer, acoger y vivir los carismas personales con autenticidad»[10]. «Movidas
por el deseo de corresponder al amor del Esposo con un amor cada vez más puro y
generoso, obtienen de la oración inspiraciones para sus decisiones; ejercitan
constante vigilancia de sus propios comportamientos y actitudes; aceptan con
serenidad los sacrificios que impone la vida diaria; luchan contra las
tentaciones, los pensamientos, las sugestiones y las sendas que llevan al mal;
aprenden a recibir con humildad la ayuda de la corrección fraterna»[11].
Su estilo de vida está arraigado en la Iglesia
particular, reunida alrededor del Obispo, su pastor, y
está delineada, especialmente en el rito de consagración, teniendo como
referencia primordial el modelo de la Iglesia virgen por la
integridad de la fe, esposa por la unión indisoluble con Cristo, madre
por la multitud de hijos generados a la vida de la gracia[12]. Su entrega al
servicio de la Iglesia hace visible la misión para la cual fue llamada a la
vida consagrada para: «iluminar, bendecir,
vivificar, levantar, sanar, liberar en la pasión por el anuncio del Evangelio,
para la edificación de la comunidad cristiana y para su testimonio profético de
comunión fraterna, de amistad ofrecida a todos, de proximidad atenta a las
necesidades materiales y espirituales de los hombres de su tiempo, del
compromiso en buscar el bien común de la sociedad»[13].
«Estas
mujeres viven generalmente con sus propia familias»[14], tal como ocurrió en los
primeros siglos de la era cristiana, «procurando su sustento con los frutos de
su trabajo y los recursos personales»[15]. «Permanecen radicadas en la porción del pueblo
de Dios donde ya viven y donde ha tenido lugar el discernimiento
vocacional y la preparación a la consagración»[16]. Este rito las reserva
para Dios sin hacerlas ajenas al ambiente donde viven y están
llamadas a realizar su propio testimonio[17]. Deseosas de irradiar la
dignidad y belleza de su vocación según un estilo de cercanía a la gente de su
tiempo, en la manera de vestir guardan las costumbres del ambiente en que viven,
conjugando el decoro y la expresión de su personalidad con el valor de la sobriedad,
según las exigencias de su condición social[18]. Llevan el anillo
recibido durante el rito de consagración como signo de la alianza esponsal con
Cristo Señor.
En su estilo de vida[19] podemos observar una vinculación constante con el magisterio del Obispo diocesano, dejándose interpelar por sus opciones pastorales, con el fin de acogerlas de forma responsable, con inteligencia y creatividad. Desde la oración interceden por las necesidades de la diócesis y las intenciones del Obispo. La vocación de la virginidad se armoniza con los carismas (dones personales) que dan forma concreta al testimonio y al servicio eclesial de cada consagrada. Toman el Evangelio como fuente inagotable del gozo que da sentido a la vida, la orientación de su camino y su regla fundamental.
La espiritualidad de la virgen consagrada vivida en el
mundo da testimonio del amor nupcial de Cristo y la Iglesia, es una total
entrega y pertenencia en cuerpo y alma a Dios por medio de Cristo Esposo que se
convierte en signo trascendente del amor de la Iglesia hacia Cristo. «La
experiencia espiritual de las vírgenes consagradas se expresa en tres perspectivas: virginidad,
esponsalidad y maternidad[31] esto se refiere a dinámicas espirituales
realizadas una en la otra y asentadas en las coordenadas fundamentales de la
vida bautismal, por las que las consagradas son hijas de la Iglesia y hermanas
unidas a todos los hombres y a todas las mujeres por vínculos de fraternidad»[20]. Los medios o recursos para desarrollar la
vida espiritual son la oración, el silencio y la soledad. La oración
es para las consagradas una exigencia de amor para « contemplar la belleza de
Aquel que las ama »[48], y de comunión con el Amado y con el mundo donde están
establecidas[21]. El silencio contemplativo[49], que crea las
condiciones favorables para escuchar la Palabra de Dios y conversar con el
Esposo de corazón a corazón. Ansiosas de profundizar en su conocimiento y el
diálogo de la oración, adquieren familiaridad con la revelación bíblica, sobre
todo con la lectio divina y de estudio profundo de las Escrituras[50][22]. Aman y disfrutan
el estar a solas con Dios, porque en este espacio de intimidad del alma,
retiradas del bullicioso del mundo en el que viven y sirven a la Iglesia,
encuentran su descaso en el corazón de Cristo Esposo.
La
Iglesia como centro y lugar del culto propicia a través del año litúrgico la
celebración del misterio de Cristo en sus fiestas y solemnidades. «Desde ahí,
la virgen consagrada se vale de los sacramentos de la eucaristía y la
reconciliación para acrecentar el vínculo de amor esponsal con Cristo. En
el rezo continuo de la liturgia de las horas se une a la plegaria universal de
la Iglesia y con la práctica de ejercicios espirituales alcanza la
contemplación de los misterios divinos por los que puede vivir intensamente la
unión esponsal con Cristo. La virgen consagrada
está llamada a cultivar en su devoción a la Virgen María, a esa que es "maestra de la virginidad"[56], modelo y
patrona de toda vida consagrada[57], de quien aprenden cada día a alabar al
Señor»[23]
y proclama las grandezas de su amor.
Ponencia dictada el 7 de septiembre de 2019 en San Juan, Puerto Rico
[1] Ecclesiae Esponsae
Imago 10
[2] Ecclesiae Esponsae
Imago 2
[3] Ecclesiae Esponsae
Imago 3
[4] El Derecho de los Religiosos
– Comentario al Código – Domingo J. Andrés, cmf – Publicaciones Paulinas, S.A.
– Instituto Teológico de Vida Religiosa, Madrid – Instituto Jurídico
Claretiano, Roma – 1985
[5] Ecclesiae Esponsae
Imago 19
[6] Ecclesiae Esponsae
Imago 19
[7] Catecismo de la Iglesia
Católica Numeral 2055
[8] Ecclesiae Esponsae
Imago 18
[9] Ecclesiae Esponsae
Imago 18
[10] Ecclesiae Esponsae
Imago 27 - 28
[11] Ecclesiae Esponsae
Imago 36
[12] Ecclesiae Esponsae
Imago 22
[13] Ecclesiae Esponsae
Imago 39
[14] Ecclesiae Esponsae
Imago 5
[15] Ecclesiae Esponsae
Imago 37
[16] Ecclesiae Esponsae
Imago 42 y 43
[17] Ecclesiae Esponsae
Imago 37
[18] Ecclesiae Esponsae
Imago 38
[19] Ecclesiae Esponsae Imago 42
y 43
[20] Ecclesiae Esponsae Imago 22
[21] Ecclesiae Esponsae Imago 29
[22] Ecclesiae Esponsae Imago 29
[23] Ecclesiae Esponsae Imago desde
el 30 al 35

