lunes, 29 de diciembre de 2014

San Juan Evangelista... un Consagrado de Dios


Durante la Fiesta de San Juan Evangelista, meditaba el salmo 98 y las antífonas que el Oficio Divino, nos proponía ese día.

 De inmediato me impactó la fuerza del salmista para describir a Dios, verlo lleno del Espíritu, proclamando que el Dios de Sión es grande y terrible. Que hace que la tierra tiemble, que reconozca su autoridad, que Él ama el derecho y la rectitud, por lo que su santidad es expresión viva de la justicia. Con delicadeza nos invita a estremecernos ante su presencia, a postrándonos ante El, a contemplar su gloria e invocar su nombre, imitando a los primeros consagrados de la historia de la salvación.

Moisés, Aarón Samuel… hacer memoria de sus vidas es recordar la predilección de Dios por la humanidad, y cómo se confía de la limitada capacidad del ser humano para cumplir todas sus promesas. 

 Los preferidos de Dios, recibieron la dicha de conocer todos los secretos celestiales, el primer don que Dios nos ofrece es la fe y con ella la revelación. Acoger su manifestación, porque su deseo de amor es ponerse en evidencia, hacer que cada persona pueda reconocerle, que cada uno tenga acceso a su naturaleza que es el amor mismo.  Como bien dice el salmista: "Moisés y Aarón con sus sacerdotes, Samuel con los que invocaban su nombre, invocaban al Señor y Él les respondía…".  Hombres Consagrados, que por su dedicación a Dios, podían contemplarlo, ver su rostro cara a cara.  Una vida espiritual de la cual brotó la fidelidad y el amor, santa debilidad de Dios, ver a los seres humanos rendidos ante su presencia, y con ello, nos produce un desbordamiento de gracias.  "Dios les hablaba desde la columna de nube; oyeron sus mandatos y la ley que les dio…".  Consagrados y Consagradas a Dios, que por la pobreza de espíritu pueden reconocer la majestad de Dios, que por la unción del Espíritu alcanzan disponer el corazón para acoger a La Palabra, escuchar sus mandatos y obedecer la voluntad divina, para que por la gracia se inflamen sus corazones en el amor, que hace brotar la caridad perfecta.

Tal cual, San Juan Evangelista siempre tan cerca de Jesús, Palabra Comunicada del Padre Dios, dispuesto y disponible a la intimidad, a la cercanía, al amor. La Iglesia nos ha regalado la memoria perpetua, de un gesto casi imperceptible, la imagen de San Juan posando su frente sobre el pecho de Jesús.  Cuanta ternura entre el Maestro y su discípulo, un siervo que se ha convertido en Amigo de Dios, para desde el corazón de Jesús gozar de la preferencia divina.  Cuanta misericordia,  que en Jesús se desborda hacia nosotros, aplacando la ira divina, para consolar a la humanidad y promoverla a través de Él a la santidad.  Vida dichosa, esa que descansa en el corazón de Jesús, bienaventurados los pobres de Espíritu, porque de ellos es el Reino. Vida dichosa, esa que se postra ante los pies del Señor, bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
 
Esa es la promesa de nuestra consagración, alcanzar el Reino y ver a Dios, por nuestra pobreza de Espíritu y la pureza del corazón.  Entonces que nos queda, posar nuestra frente en el pecho de Jesús, con San Juan Evangelista.

 
Posemos nuestra frente sobre el pecho de Jesús, para que Él nos revele el misterio de Dios, para que nuestra vida consagrada sea una llena de gracia.  Recibamos el don del Espíritu, que nos concede la gracia de la revelación preferencial de Dios, y nos conduce hacia la humildad necesaria para refugiarnos en el pecho de Jesús. Renovemos la esperanza primera, recibida en nuestra consagración, dedicando con ahínco nuestra vida a la justicia, para que nos alegremos en el Señor toda la vida.

Felicidad perpetua, esa es la garantía de amor, de los que siguen a Jesús con fidelidad, vida dichosa y bienaventurada es aquella en la que se descubre con fe el misterio divino.  Esa que vivió San Juan, al conocer  todos los secretos celestiales, solo le quedaba amar y favorecer al prójimo, escribiendo cuanto el Espíritu le revelaba.  Obrar en beneficio de otros, característica esencial de cualquier vida consagrada que intenta imitar a Cristo: "Andar por la Vida Haciendo el Bien".

Posemos nuestra frente en el pecho de Jesús, para que Dios nos hable desde la columna de nubes sobre sus mandatos y su ley, que podamos someter nuestra voluntad al deseo de Dios, ordenemos nuestra vida, según su mandato, la ley del amor y alcancemos ver la gloria de Dios.

Seamos discípulos y discípulas amados y preferidos por Cristo, para que se manifieste en nuestra castidad virginal la plenitud de la gloria de Dios.  Que la pureza de Cristo inflame nuestros corazones, para que todo el favor de Dios venga sobre nosotros a traves de la castidad perfecta.  Que el Espíritu Santo acreciente en cada Consagrado y Consagrada la fe para reconocer a Dios, la esperanza para fiarnos de las promesa divinas y el amor que nos hace dichosos y bienaventurados, por el don de la consagración que hemos recibido.  

Anunciemos con gozo y alegría que la Palabra de Vida, habita en medio nuestro, que Jesucristo continua en medio del mundo, realizando obras de amor y misericordia, porque Dios quiere que tengamos vida en abundancia.

domingo, 30 de noviembre de 2014





CARTA APOSTÓLICA
DEL SANTO PADRE FRANCISCO

A TODOS LOS CONSAGRADOS

CON OCASIÓN DEL
AÑO DE LA VIDA CONSAGRADA

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Queridas consagradas y queridos consagrados

Os escribo como Sucesor de Pedro, a quien el Señor Jesús confió la tarea de confirmar a sus hermanos en la fe (cf. Lc 22,32), y me dirijo a vosotros como hermano vuestro, consagrado a Dios como vosotros.

Demos gracias juntos al Padre, que nos ha llamado a seguir a Jesús en plena adhesión a su Evangelio y en el servicio de la Iglesia, y que ha derramado en nuestros corazones el Espíritu Santo que nos da alegría y nos hace testimoniar al mundo su amor y su misericordia.

He decidido convocar un Año de la Vida Consagrada haciéndome eco del sentir de muchos y de la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, con motivo del 50 aniversario de la Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, que en el capítulo sexto trata de los religiosos, así como del Decreto Perfectae caritatis sobre la renovación de la vida religiosa. Dicho Año comenzará el próximo 30 de noviembre, primer Domingo de Adviento, y terminará con la fiesta de la Presentación del Señor, el 2 de febrero de 2016.

Después de escuchar a la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, he indicado como objetivos para este Año los mismos que san Juan Pablo II propuso a la Iglesia a comienzos del tercer milenio, retomando en cierto modo lo que ya había dicho en la Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata: «Vosotros no solamente tenéis una historia gloriosa para recordar y contar, sino una gran historia que construir. Poned los ojos en el futuro, hacia el que el Espíritu os impulsa para seguir haciendo con vosotros grandes cosas» (n. 110).

I . Objetivos para el Año de la Vida Consagrada.

1. El primer objetivo es mirar al pasado con gratitud. Cada Instituto viene de una rica historia carismática. En sus orígenes se hace presente la acción de Dios que, en su Espíritu, llama a algunas personas a seguir de cerca a Cristo, para traducir el Evangelio en una particular forma de vida, a leer con los ojos de la fe los signos de los tiempos, a responder creativamente a las necesidades de la Iglesia. La experiencia de los comienzos ha ido después creciendo y desarrollándose, incorporando otros miembros en nuevos contextos geográficos y culturales, dando vida a nuevos modos de actuar el carisma, a nuevas iniciativas y formas de caridad apostólica. Es como la semilla que se convierte en un árbol que expande sus ramas.

Es oportuno que cada familia carismática recuerde este Año sus inicios y su desarrollo histórico, para dar gracias a Dios, que ha dado a la Iglesia tantos dones, que la embellecen y la preparan para toda obra buena (cf. Lumen gentium, 12).

Poner atención en la propia historia es indispensable para mantener viva la identidad y fortalecer la unidad de la familia y el sentido de pertenencia de sus miembros. No se trata de hacer arqueología o cultivar inútiles nostalgias, sino de recorrer el camino de las generaciones pasadas para redescubrir en él la chispa inspiradora, los ideales, los proyectos, los valores que las han impulsado, partiendo de los fundadores y fundadoras y de las primeras comunidades. También es una manera de tomar conciencia de cómo se ha vivido el carisma a través de los tiempos, la creatividad que ha desplegado, las dificultades que ha debido afrontar y cómo fueron superadas. Se podrán descubrir incoherencias, fruto de la debilidad humana, y a veces hasta el olvido de algunos aspectos esenciales del carisma. Todo es instructivo y se convierte a la vez en una llamada a la conversión. Recorrer la propia historia es alabar a Dios y darle gracias por todos sus dones.

Le damos gracias de manera especial por estos últimos 50 años desde el Concilio Vaticano II, que ha representado un «soplo» del Espíritu Santo para toda la Iglesia. Gracias a él, la vida consagrada ha puesto en marcha un fructífero proceso de renovación, con sus luces y sombras, ha sido un tiempo de gracia, marcado por la presencia del Espíritu.

Que este Año de la Vida Consagrada sea también una ocasión para confesar con humildad, y a la vez con gran confianza en el Dios amor (cf. 1 Jn 4,8), la propia fragilidad, y para vivirlo como una experiencia del amor misericordioso del Señor; una ocasión para proclamar al mundo con entusiasmo y dar testimonio con gozo de la santidad y vitalidad que hay en la mayor parte de los que han sido llamados a seguir a Cristo en la vida consagrada.

2. Este Año nos llama también a vivir el presente con pasión. La memoria agradecida del pasado nos impulsa, escuchando atentamente lo que el Espíritu dice a la Iglesia de hoy, a poner en práctica de manera cada vez más profunda los aspectos constitutivos de nuestra vida consagrada.

Desde los comienzos del primer monacato, hasta las actuales «nuevas comunidades», toda forma de vida consagrada ha nacido de la llamada del Espíritu a seguir a Cristo como se enseña en el Evangelio (cf. Perfectae caritatis, 2). Para los fundadores y fundadoras, la regla en absoluto ha sido el Evangelio, cualquier otra norma quería ser únicamente una expresión del Evangelio y un instrumento para vivirlo en plenitud. Su ideal era Cristo, unirse a él totalmente, hasta poder decir con Pablo: «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1,21); los votos tenían sentido sólo para realizar este amor apasionado.

La pregunta que hemos de plantearnos en este Año es si, y cómo, nos dejamos interpelar por el Evangelio; si este es realmente el vademecum para la vida cotidiana y para las opciones que estamos llamados a tomar. El Evangelio es exigente y requiere ser vivido con radicalidad y sinceridad. No basta leerlo (aunque la lectura y el estudio siguen siendo de extrema importancia), no es suficiente meditarlo (y lo hacemos con alegría todos los días). Jesús nos pide ponerlo en práctica, vivir sus palabras.

Jesús, hemos de preguntarnos aún, ¿es realmente el primero y único amor, como nos hemos propuesto cuando profesamos nuestros votos? Sólo si es así, podemos y debemos amar en la verdad y la misericordia a toda persona que encontramos en nuestro camino, porque habremos aprendido de él lo que es el amor y cómo amar: sabremos amar porque tendremos su mismo corazón.

Nuestros fundadores y fundadoras han sentido en sí la compasión que embargaba a Jesús al ver a la multitud como ovejas extraviadas, sin pastor. Así como Jesús, movido por esta compasión, ofreció su palabra, curó a los enfermos, dio pan para comer, entregó su propia vida, así también los fundadores se han puesto al servicio de la humanidad allá donde el Espíritu les enviaba, y de las más diversas maneras: la intercesión, la predicación del Evangelio, la catequesis, la educación, el servicio a los pobres, a los enfermos... La fantasía de la caridad no ha conocido límites y ha sido capaz de abrir innumerables sendas para llevar el aliento del Evangelio a las culturas y a los más diversos ámbitos de la sociedad.

El Año de la Vida Consagrada nos interpela sobre la fidelidad a la misión que se nos ha confiado. Nuestros ministerios, nuestras obras, nuestras presencias, ¿responden a lo que el Espíritu ha pedido a nuestros fundadores, son adecuados para abordar su finalidad en la sociedad y en la Iglesia de hoy? ¿Hay algo que hemos de cambiar? ¿Tenemos la misma pasión por nuestro pueblo, somos cercanos a él hasta compartir sus penas y alegrías, así como para comprender verdaderamente sus necesidades y poder ofrecer nuestra contribución para responder a ellas? «La misma generosidad y abnegación que impulsaron a los fundadores – decía san Juan Pablo II – deben moveros a vosotros, sus hijos espirituales, a mantener vivos sus carismas  que, con la misma fuerza del Espíritu que los ha suscitado, siguen enriqueciéndose y adaptándose, sin perder su carácter genuino, para ponerse al servicio de la Iglesia y llevar a plenitud la implantación de su Reino».[1]

Al hacer memoria de los orígenes sale a luz otra dimensión más del proyecto de vida consagrada. Los fundadores y fundadoras estaban fascinados por la unidad de los Doce en torno a Jesús, de la comunión que caracterizaba a la primera comunidad de Jerusalén. Cuando han dado vida a la propia comunidad, todos ellos han pretendido reproducir aquel modelo evangélico, ser un sólo corazón y una sola alma, gozar de la presencia del Señor (cf. Perfectae caritatis, 15).

Vivir el presente con pasión es hacerse «expertos en comunión», «testigos y artífices de aquel “proyecto de comunión” que constituye la cima de la historia del hombre según Dios».[2] En una sociedad del enfrentamiento, de difícil convivencia entre las diferentes culturas, de la prepotencia con los más débiles, de las desigualdades, estamos llamados a ofrecer un modelo concreto de comunidad que, a través del reconocimiento de la dignidad de cada persona y del compartir el don que cada uno lleva consigo, permite vivir en relaciones fraternas.

Sed, pues, mujeres y hombres de comunión, haceos presentes con decisión allí donde hay diferencias y tensiones, y sed un signo creíble de la presencia del Espíritu, que infunde en los corazones la pasión de que todos sean uno (cf. Jn 17,21). Vivid la mística del encuentro: «la capacidad de escuchar, de escuchar a las demás personas. La capacidad de buscar juntos el camino, el método»,[3] dejándoos iluminar por la relación de amor que recorre las tres Personas Divinas (cf. 1 Jn 4,8) como modelo de toda relación interpersonal.

3. Abrazar el futuro con esperanza quiere ser el tercer objetivo de este Año. Conocemos las dificultades que afronta la vida consagrada en sus diversas formas: la disminución de vocaciones y el envejecimiento, sobre todo en el mundo occidental, los problemas económicos como consecuencia de la grave crisis financiera mundial, los retos de la internacionalidad y la globalización, las insidias del relativismo, la marginación y la irrelevancia social... Precisamente en estas incertidumbres, que compartimos con muchos de nuestros contemporáneos, se levanta nuestra esperanza, fruto de la fe en el Señor de la historia, que sigue repitiendo: «No tengas miedo, que yo estoy contigo» (Jr 1,8).

La esperanza de la que hablamos no se basa en los números o en las obras, sino en aquel en quien hemos puesto nuestra confianza (cf. 2 Tm 1,12) y para quien «nada es imposible» (Lc 1,37). Esta es la esperanza que no defrauda y que permitirá a la vida consagrada seguir escribiendo una gran historia en el futuro, al que debemos seguir mirando, conscientes de que hacia él es donde nos conduce el Espíritu Santo para continuar haciendo cosas grandes con nosotros.

No hay que ceder a la tentación de los números y de la eficiencia, y menos aún a la de confiar en las propias fuerzas. Examinad los horizontes de la vida y el momento presente  en vigilante vela. Con Benedicto XVI, repito: «No os unáis a los profetas de desventuras que proclaman el final o el sinsentido de la vida consagrada en la Iglesia de nuestros días; más bien revestíos de Jesucristo y portad las armas de la luz – como exhorta san Pablo (cf. Rm 13,11-14) –, permaneciendo despiertos y vigilantes».[4]  Continuemos y reemprendamos siempre nuestro camino con confianza en el Señor.

Me dirijo sobre todo a vosotros, jóvenes. Sed el presente viviendo activamente en el seno de vuestros Institutos, ofreciendo una contribución determinante con la frescura y la generosidad de vuestra opción. Sois al mismo tiempo el futuro, porque pronto seréis llamados a tomar en vuestras manos la guía de la animación, la formación, el servicio y la misión. Este año tendréis un protagonismo en el diálogo con la generación que os precede. En comunión fraterna, podréis enriqueceros con su experiencia y sabiduría, y al mismo tiempo tendréis ocasión de volver a proponerle los ideales que ha vivido en sus inicios, ofrecer la pujanza y lozanía de vuestro entusiasmo, y así desarrollar juntos nuevos modos de vivir el Evangelio y respuestas cada vez más adecuadas a las exigencias del testimonio y del anuncio.

Me alegra saber que tendréis oportunidades para reuniros entre vosotros, jóvenes de diferentes Institutos. Que el encuentro se haga el camino habitual de la comunión, del apoyo mutuo, de la unidad.

II - Expectativas para el Año de la Vida Consagrada

¿Qué espero en particular de este Año de gracia de la Vida Consagrada?

1. Que sea siempre verdad lo que dije una vez: «Donde hay religiosos hay alegría». Estamos llamados a experimentar y demostrar que Dios es capaz de colmar nuestros corazones y hacernos felices, sin necesidad de buscar nuestra felicidad en otro lado; que la auténtica fraternidad vivida en nuestras comunidades alimenta nuestra alegría; que nuestra entrega total al servicio de la Iglesia, las familias, los jóvenes, los ancianos, los pobres, nos realiza como personas y da plenitud a nuestra vida.

Que entre nosotros no se vean caras tristes, personas descontentas, porque «un seguimiento triste es un triste seguimiento». También nosotros, al igual que todos los otros hombres y mujeres, sentimos las dificultades, las noches del espíritu, la decepción, la enfermedad, la pérdida de fuerzas debido a la vejez. Precisamente en esto deberíamos encontrar la «perfecta alegría», aprender a reconocer el rostro de Cristo, que se hizo en todo semejante a nosotros, y sentir por tanto la alegría de sabernos semejantes a él, que no ha rehusado someterse a la cruz por amor nuestro.

En una sociedad que ostenta el culto a la eficiencia, al estado pletórico de salud, al éxito, y que margina a los pobres y excluye a los «perdedores», podemos testimoniar mediante nuestras vidas la verdad de las palabras de la Escritura: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12,10).

Bien podemos aplicar a la vida consagrada lo que escribí en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium, citando una homilía de Benedicto XVI: «La Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción» (n. 14). Sí, la vida consagrada no crece cuando organizamos bellas campañas vocacionales, sino cuando los jóvenes que nos conocen se sienten atraídos por nosotros, cuando nos ven hombres y mujeres felices. Tampoco su eficacia apostólica depende de la eficiencia y el poderío de sus medios. Es vuestra vida la que debe hablar, una vida en la que se trasparenta la alegría y la belleza de vivir el Evangelio y de seguir a Cristo.

Repito a vosotros lo que dije en la última Vigilia de Pentecostés a los Movimientos eclesiales: «El valor de la Iglesia, fundamentalmente, es vivir el Evangelio y dar testimonio de nuestra fe. La Iglesia es la sal de la tierra, es luz del mundo, está llamada a hacer presente en la sociedad la levadura del Reino de Dios y lo hace ante todo con su testimonio, el testimonio del amor fraterno, de la solidaridad, del compartir» (18 mayo 2013).

2. Espero que «despertéis al mundo», porque la nota que caracteriza la vida consagrada es la profecía. Como dije a los Superiores Generales, «la radicalidad evangélica no es sólo de los religiosos: se exige a todos. Pero los religiosos siguen al Señor de manera especial, de modo profético». Esta es la prioridad que ahora se nos pide: «Ser profetas como Jesús ha vivido en esta tierra... Un religioso nunca debe renunciar a la profecía» (29 noviembre 2013).

El profeta recibe de Dios la capacidad de observar la historia en la que vive y de interpretar los acontecimientos: es como un centinela que vigila por la noche y sabe cuándo llega el alba (cf. Is 21,11-12). Conoce a Dios y conoce a los hombres y mujeres, sus hermanos y hermanas. Es capaz de discernir, y también de denunciar el mal del pecado y las injusticias, porque es libre, no debe rendir cuentas a más amos que a Dios, no tiene otros intereses sino los de Dios. El profeta está generalmente de parte de los pobres y los indefensos, porque sabe que Dios mismo está de su parte.

Espero, pues, que mantengáis vivas las «utopías», pero que sepáis crear «otros lugares» donde se viva la lógica evangélica del don, de la fraternidad, de la acogida de la diversidad, del amor mutuo. Los monasterios, comunidades, centros de espiritualidad, «ciudades», escuelas, hospitales, casas de acogida y todos esos lugares que la caridad y la creatividad carismática han fundado, y que fundarán con mayor creatividad aún, deben ser cada vez más la levadura para una sociedad inspirada en el Evangelio, la «ciudad sobre un monte» que habla de la verdad y el poder de las palabras de Jesús.

A veces, como sucedió a Elías y Jonás, se puede tener la tentación de huir, de evitar el cometido del profeta, porque es demasiado exigente, porque se está cansado, decepcionado de los resultados. Pero el profeta sabe que nunca está solo. También a nosotros, como a Jeremías, Dios nos asegura: «No tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte» (1,8).

3. Los religiosos y las religiosas, al igual que todas las demás personas consagradas, están llamadas a ser «expertos en comunión». Espero, por tanto, que la «espiritualidad de comunión», indicada por san Juan Pablo II, se haga realidad y que vosotros estéis en primera línea para acoger «el gran desafío que tenemos ante nosotros» en este nuevo milenio: «Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión».[5] Estoy seguro de que este Año trabajaréis con seriedad para que el ideal de fraternidad perseguido por los fundadores y fundadoras crezca en los más diversos niveles, como en círculos concéntricos.

La comunión se practica ante todo en las respectivas comunidades del Instituto. A este respecto, invito a releer mis frecuentes intervenciones en las que no me canso de repetir que la crítica, el chisme, la envidia, los celos, los antagonismos, son actitudes que no tienen derecho a vivir en nuestras casas. Pero, sentada esta premisa, el camino de la caridad que se abre ante nosotros es casi infinito, pues se trata de buscar la acogida y la atención recíproca, de practicar la comunión de bienes materiales y espirituales, la corrección fraterna, el respeto para con los más débiles... Es «la mística de vivir juntos» que hace de nuestra vida «una santa peregrinación».[6] También debemos preguntarnos sobre la relación entre personas de diferentes culturas, teniendo en cuenta que nuestras comunidades se hacen cada vez más internacionales. ¿Cómo permitir a cada uno expresarse, ser aceptado con sus dones específicos, ser plenamente corresponsable?

También espero que crezca la comunión entre los miembros de los distintos Institutos. ¿No podría ser este Año la ocasión para salir con más valor de los confines del propio Instituto para desarrollar juntos, en el ámbito local y global, proyectos comunes de formación, evangelización, intervenciones sociales? Así se podrá ofrecer más eficazmente un auténtico testimonio profético. La comunión y el encuentro entre diferentes carismas y vocaciones es un camino de esperanza. Nadie construye el futuro aislándose, ni sólo con sus propias fuerzas, sino reconociéndose en la verdad de una comunión que siempre se abre al encuentro, al diálogo, a la escucha, a la ayuda mutua, y nos preserva de la enfermedad de la autoreferencialidad.

Al mismo tiempo, la vida consagrada está llamada a buscar una sincera sinergia entre todas las vocaciones en la Iglesia, comenzando por los presbíteros y los laicos, así como a «fomentar la espiritualidad de la comunión, ante todo en su interior y, además, en la comunidad eclesial misma y más allá aún de sus confines».[7]

4. Espero de vosotros, además, lo que pido a todos los miembros de la Iglesia: salir de sí mismos para ir a las periferias existenciales. «Id al mundo entero», fue la última palabra que Jesús dirigió a los suyos, y que sigue dirigiéndonos hoy a todos nosotros (cf. Mc 16,15). Hay toda una humanidad que espera: personas que han perdido toda esperanza, familias en dificultad, niños abandonados, jóvenes sin futuro alguno, enfermos y ancianos abandonados, ricos hartos de bienes y con el corazón vacío, hombres y mujeres en busca del sentido de la vida, sedientos de lo divino...

No os repleguéis en vosotros mismos, no dejéis que las pequeñas peleas de casa os asfixien, no quedéis prisioneros de vuestros problemas. Estos se resolverán si vais fuera a ayudar a otros a resolver sus problemas y anunciar la Buena Nueva. Encontraréis la vida dando la vida, la esperanza dando esperanza, el amor amando.

Espero de vosotros gestos concretos de acogida a los refugiados, de cercanía a los pobres, de creatividad en la catequesis, en el anuncio del Evangelio, en la iniciación a la vida de oración. Por tanto, espero que se aligeren las estructuras, se reutilicen las grandes casas en favor de obras más acordes a las necesidades actuales de evangelización y de caridad, se adapten las obras a las nuevas necesidades.

5. Espero que toda forma de vida consagrada se pregunte sobre lo que Dios y la humanidad de hoy piden.

Los monasterios y los grupos de orientación contemplativa podrían reunirse entre sí, o estar en contacto de algún modo, para intercambiar experiencias sobre la vida de oración, sobre el modo de crecer en la comunión con toda la Iglesia, sobre cómo apoyar a los cristianos perseguidos, sobre la forma de acoger y acompañar a los que están en busca de una vida espiritual más intensa o tienen necesidad de apoyo moral o material.

Lo mismo pueden hacer los Institutos dedicados a la caridad, a la enseñanza, a la promoción de la cultura, los que se lanzan al anuncio del Evangelio o desarrollan determinados ministerios pastorales, los Institutos seculares en su presencia capilar en las estructuras sociales. La fantasía del Espíritu ha creado formas de vida y obras tan diferentes, que no podemos fácilmente catalogarlas o encajarlas en esquemas prefabricados. No me es posible, pues, referirme a cada una de las formas carismáticas en particular. No obstante, nadie debería eludir este Año una verificación seria sobre su presencia en la vida de la Iglesia y su manera de responder a los continuos y nuevos interrogantes que se suscitan en nuestro alrededor, al grito de los pobres.

Sólo con esta atención a las necesidades del mundo y con la docilidad al Espíritu, este Año de la Vida Consagrada se transformará en un auténtico kairòs, un tiempo de Dios lleno de gracia y de transformación.

III - Horizontes del Año de la Vida Consagrada

1. Con esta carta me dirijo, además de a las personas consagradas, a los laicos que comparten con ellas ideales, espíritu y misión. Algunos Institutos religiosos tienen una larga tradición en este sentido, otros tienen una experiencia más reciente. En efecto, alrededor de cada familia religiosa, y también de las Sociedades de vida apostólica y de los mismos Institutos seculares, existe una familia más grande, la «familia carismática», que comprende varios Institutos que se reconocen en el mismo carisma, y sobre todo cristianos laicos que se sienten llamados, precisamente en su condición laical, a participar en el mismo espíritu carismático.

También os animo a vosotros, fieles laicos, a vivir este Año de la Vida Consagrada como una gracia que os puede hacer más conscientes del don recibido. Celebradlo con toda la «familia» para crecer y responder a las llamadas del Espíritu en la sociedad actual. En algunas ocasiones, cuando los consagrados de diversos Institutos se reúnan entre ellos este Año, procurad estar presentes también vosotros, como expresión del único don de Dios, con el fin de conocer las experiencias de otras familias carismáticas, de los otros grupos laicos y enriqueceros y ayudaros recíprocamente.

2. El Año de la Vida Consagrada no sólo afecta a las personas consagradas, sino a toda la Iglesia. Me dirijo, pues, a todo el pueblo cristiano, para que tome conciencia cada vez más del don de tantos consagrados y consagradas, herederos de grandes santos que han fraguado la historia del cristianismo. ¿Qué sería la Iglesia sin san Benito y san Basilio, san Agustín y san Bernardo, san Francisco y santo Domingo, sin san Ignacio de Loyola y santa Teresa de Ávila, santa Ángela Merici y san Vicente de Paúl? La lista sería casi infinita, hasta san Juan Bosco, la beata Teresa de Calcuta. El beato Pablo VI decía: «Sin este signo concreto, la caridad que anima la Iglesia entera correría el riesgo de enfriarse, la paradoja salvífica del Evangelio de perder garra, la “sal” de la fe de disolverse en un mundo de secularización» (Evangelica testificatio, 3).

Invito por tanto a todas las comunidades cristianas a vivir este Año, ante todo dando gracias al Señor y haciendo memoria reconocida de los dones recibidos, y que todavía recibimos, a través de la santidad de los fundadores y fundadoras, y de la fidelidad de tantos consagrados al propio carisma. Invito a todos a unirse en torno  a las personas consagradas, a alegrarse con ellas, a compartir sus dificultades, a colaborar con ellas en la medida de lo posible, para la realización de su ministerio y sus obras, que son también las de toda la Iglesia. Hacedles sentir el afecto y el calor de todo el pueblo cristiano.

Bendigo al Señor por la feliz coincidencia del Año de la Vida Consagrada con el Sínodo sobre la familia. Familia y vida consagrada son vocaciones portadoras de riqueza y gracia para todos, ámbitos de humanización en la construcción de relaciones vitales, lugares de evangelización. Se pueden ayudar unos a otros.

3. Con esta carta me atrevo a dirigirme también a las personas consagradas y a los miembros de las fraternidades y comunidades pertenecientes a Iglesias de tradición diferente a la católica. El monacato es un patrimonio de la Iglesia indivisa, todavía muy vivo tanto en las Iglesias ortodoxas como en la Iglesia Católica. En él, como otras experiencias posteriores al tiempo en el que la Iglesia de Occidente todavía estaba unida, se han inspirado iniciativas análogas surgidas en el ámbito de las Comunidades eclesiales de la Reforma, que luego han continuado a generar en su seno otras expresiones de comunidades fraternas y de servicio.

La Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica ha programado iniciativas para propiciar encuentros entre miembros pertenecientes a experiencias de la vida consagrada y fraterna de las diversas Iglesias. Aliento vivamente estas reuniones, para que crezca el conocimiento recíproco, la estima, la mutua colaboración, de manera que el ecumenismo de la vida consagrada sea una ayuda en el proyecto más amplio hacia la unidad entre todas las Iglesias.

4. Tampoco podemos olvidar que el fenómeno de la vida monástica y de otras expresiones de fraternidad religiosa existe también en todas las grandes religiones. No faltan experiencias, también consolidadas, de diálogo inter-monástico entre la Iglesia Católica y algunas de las grandes tradiciones religiosas. Espero que el Año de la Vida Consagrada sea la ocasión para evaluar el camino recorrido, para sensibilizar a las personas consagradas en este campo, para preguntarnos sobre nuevos pasos a dar hacia una recíproca comprensión cada vez más profunda y para una colaboración en muchos ámbitos comunes de servicio a la vida humana.

Caminar juntos es siempre un enriquecimiento, y puede abrir nuevas vías a las relaciones entre pueblos y culturas, que en este período aparecen plagadas de dificultades.

5. Por último, me dirijo a mis hermanos en el episcopado. Que este  Año sea una oportunidad para acoger cordialmente y con alegría la vida consagrada como un capital espiritual para el bien de todo el Cuerpo de Cristo (cf. Lumen gentium, 43), y no sólo de las familias religiosas. «La vida consagrada es un don para la Iglesia, nace en la Iglesia, crece en la Iglesia, está totalmente orientada a la Iglesia».[8] De aquí que, como don a la Iglesia, no es una realidad aislada o marginal, sino que pertenece íntimamente a ella, está en el corazón de la Iglesia como elemento decisivo de su misión, en cuanto expresa la naturaleza íntima de la vocación cristiana y la tensión de toda la Iglesia Esposa hacia la unión con el único Esposo; por tanto, «pertenece sin discusión a su vida y a su santidad» (ibíd., 44).

En este contexto, invito a los Pastores de las Iglesias particulares a una solicitud especial para promover en sus comunidades los distintos carismas, sean históricos, sean carismas nuevos, sosteniendo, animando, ayudando en el discernimiento, haciéndose cercanos con ternura y amor a las situaciones de dolor y debilidad en las que puedan encontrarse algunos consagrados y, en especial, iluminando con su enseñanza al Pueblo de Dios el valor de la vida consagrada,  para hacer brillar su belleza y santidad en la Iglesia.

Encomiendo a María, la Virgen de la escucha y la contemplación, la primera discípula de su amado Hijo, este Año de la Vida Consagrada. A ella, hija predilecta del Padre y revestida de todos los dones de la gracia, nos dirigimos como modelo incomparable de seguimiento en el amor a Dios y en el servicio al prójimo.

Agradecido desde ahora con todos vosotros por los dones de gracia y de luz con los que el Señor nos quiera enriquecer, acompaño a todos con la Bendición Apostólica.

Vaticano, 21 de noviembre 2014, fiesta de la Presentación de la Santísima Virgen María.



Francisco



[1] Carta ap. Los caminos del Evangelio, a los religiosos y religiosas de América Latina con motivo del V centenario de la evangelización del Nuevo Mundo (29 junio 1990), 26.
[2] Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares, Religiosos y promoción humana (12 agosto 1980), 24: L’Osservatore Romano, ed. en lengua española, 14 diciembre 1980, p. 16.

[3] A los estudiantes de los colegios pontificios y residencias sacerdotales de Roma, 12  mayo 2014.

[4] Homilía en la fiesta de la Presentación del Señor, 2 febrero 2013.

[5] Carta ap. Novo millennio ineunte, 6 enero 2001, 43

[6] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24 noviembre 2013, 87.

[7] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal. Vita consecrata, 25 marzo 1996,51.

[8] J. M.

domingo, 16 de noviembre de 2014

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"La Vida Consagrada en la Iglesia Hoy"


El logo es Obra de la pintora Carmela Boccasile, expresa por medio de símbolos los valores fundamentales de la vida consagrada y el reconocimiento a la obra incesante del Espíritu Santo, que difunde las riquezas de la práctica de los consejos evangélicos a través de múltiples carismas.
Una paloma sostiene levemente sobre su ala un globo poliédrico, mientras se posa sobre el fluir de las aguas de las que se levantan tres estrellas, custodiadas por la otra ala.
El signo gráfico que dibuja el perfil de la paloma corresponde en árabe a la palabra Paz: una llamada a la vocación de la vida consagrada para que sea ejemplo de reconciliación universal en Cristo.
La paloma, explica la autora, pertenece a la simbología clásica para indicar la acción del Espíritu Santo fuente de vida e inspirador de creatividad. La paloma, que planea sobre un mar hinchado de vida sin expresar, recuerda la fecundidad paciente y confiada, mientras que los signos que la rodean revelan la acción creadora y renovadora del Espíritu. La paloma evoca además la consagración de la humanidad de Cristo en el bautismo.
Las aguas formadas por piezas de mosaico, indican la complejidad y la armonía de los elementos humanos y cósmicos, que el Espíritu hace "gemir" según los misteriosos designios de Dios para que converjan en el encuentro acogedor y fecundo que lleva a una nueva creación, aunque estén amenazados por un mar de hostilidades.
Las tres estrellas recuerdan la identidad de la vida consagrada en el mundo: como "confessio Trinitatis, signum fraternitatis et servitium caritatis". Expresan la circularidad y la relación del amor trinitario que la vida consagrada trata de vivir cada día en el mundo, en el signo de la fraternidad. Las estrellan indican también el triple sello áureo con el que la iconografía bizantina honra a María, la toda Santa, primera discípula de Cristo, modelo y patrona de toda vida consagrada.
El globo poliédrico, significa el mundo con la variedad de pueblos y culturas. El soplo del Espíritu lo sostiene y lo conduce hacia el futuro.

jueves, 2 de octubre de 2014

El Ángel Custodio

- Desde pequeños, a casi todos, nuestros padres nos enseñaron a rezarle al Ángel de la Guarda.
Algunos siguen rezándole, otros lo han olvidado. En este folleto queremos platicarte todo lo que la Iglesia Católica enseña sobre los Ángeles, y en especial sobre ese Ángel que Dios te asignó exclusivamente para que te acompañe cada día a ti. 
LOS ÁNGELES ~ VERDAD DE FE- El catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que los Ángeles sí existen. Dios hizo seres que son sólo espíritu (no tienen cuerpo). La sagrada escritura les llama ÁNGELES.
¿QUIÉNES SON LOS ÁNGELES?


- Son seres espirituales que contemplan constantemente a Dios (Mt 18,10), están atentos a sus órdenes y a la voz de su palabra (Sal 103,20). 
- Los ángeles tienen inteligencia. Una inteligencia muy superior a la de los hombres.
- Los ángeles tienen voluntad.
- Son inmortales , es decir, que nunca mueren.
- Superan en perfección a todas las criaturas visibles.

LOS ÁNGELES EN LA HISTORIA DEL HOMBRE

- La palabra ÁNGEL significa ¨enviado¨. Los ángeles son entonces los mensajeros de Dios.
- Desde que Dios creó al mundo y al hombre, vemos que en los momentos más importantes de la historia humana, uno o varios ángeles, dejándose ver a veces en forma de cuerpo, han sido mandados por Dios para comunicar al hombre sus designios o su voluntad. Son los ángeles los que cierran el paraíso cuando Adán

y Eva desobedecen a Dios; detienen la mano de Abraham cuando va a sacrificar a su hijo; ayudan a los profetas; conducen al pueblo judío en busca de la tierra prometida; anuncian nacimientos y vocaciones. Finalmente el Ángel Gabriel anuncia a la Virgen Maria el nacimiento de Jesús.
- La vida de Jesús, está rodeada de la adoraciòn y del servicio de los ángeles. En la Biblia podemos leer que los ángeles: anuncian a los pastores que Jesús ha nacido; protegen la infancia de Jesús cuando avisan a José que huya a Egipto porque Herodes busca al niño para matarlo; sirven a Jesús en el desierto; lo reconfortan en su agonía en el Huerto de Getsemaní; anuncian a las mujeres que van a la tumba, que Cristo no està en el sepulcro sino que ha resucitado.
- La Biblia nos enseña también que los ángeles estarán presentes cuando Cristo vuelva al final del mundo para hacer el Juicio Final.


EL ÁNGEL CUSTODIO


- Dios ama infinitamente a cada uno de los hombres. Tanto les ama que ha dispuesto un ángel especialmente para cada hombre. Este ángel se llama el ÁNGEL CUSTODIO o el ÁNGEL DE LA GUARDA.
- Así como un padre, cuando el hijo tiene que viajar por caminos peligrosos, hace que le acompañe una persona mayor que le cuide y defienda de los peligros, de igual manera nuestro Padre del Cielo, durante la vida (que es el viaje a nuestra verdadera patria que es el cielo), a cada uno de nosotros nos da un ángel para que nos acompañe.

MISIÓN DEL ÁNGEL CUSTODIO

- La misión del ángel custodio es AYUDAR AL HOMBRE A ALCANZAR SU SALVACIÓN, es decir, a llegar al cielo.
- Así como los hermanos mayores cuidan de los pequeños, así los ángeles custodios nos asisten a los hombres hasta introducirnos felizmente en la casa paterna. Entonces habrán cumplido su misión.
- Es doctrina que todos y cada uno de los hombres, bautizados o no, tienen su Ángel Custodio.
Su misión comienza en el momento de la concepción del hombre y termina hasta el momento de la muerte.


¿CÓMO PUEDE AYUDAR EL ÁNGEL CUSTODIO?

- Tu Ángel Custodio es una muestra más del amor y de la bondad de Dios contigo.
- A tu Ángel Custodio, Dios le permite llegar directamente a tu imaginación (sin palabra alguna), suscitando imágenes, recuerdos, impresiones que te señalen el camino correcto a seguir.
Tu Ángel Custodio puede ayudarte de las siguientes formas:

a) Darte AUXILIO ESPIRITUAL:
Puede si tú se lo pides, ayudarte a que tu oración sea mejor, a que no te distraigas, puede sugerirte propósitos para mejorar o formas de concretar algún buen deseo, puede ayudarte en el apostolado, en el trato con las personas que te rodean...

b) Darte, además, algún AUXILIO MATERIAL:
Puede si se lo pides, ayudarte en las pequeñas necesidades de la vida cotidiana como por ejemplo: no perder el autobùs, ayuda en un examen que has estudiado, encontrar algo que habías perdido, acordarte un asunto olvidado que es necesario tener presente...

c) PROTEGERTE de los peligros del alma: tu Ángel Custodio te cuida contra las tentaciones que te invitan a cometer un pecado.

d) PROTEGERTE de los peligros del cuerpo: por ejemplo un tropiezo, un choque, un accidente, una enfermedad... La Biblia dice: ¨Te enviará a sus ángeles para que no tropieces en piedra alguna¨ (Sal 90,11).
e) Darte consejo prudente. Llamarte al bien.
f) Animarte.
g) Confortarte, consolarte.
h) Ayudarte en todo aquello que sea bueno en tu camino de salvación.
- Finalmente es importante que recuerdes que los ángeles no tienen el poder de Dios ni su sabiduría infinita. Pueden ayudarte porque Dios se los permite.

TRATO CON EL ÁNGEL CUSTODIO

- La tradición cristiana nos invita a tratar y a acudir a nuestro Ángel Custodio.
- ¿ Cómo has de tratar a tu Ángel Custodio ?

a) Con naturalidad, con confianza como a un amigo.
b)Con respeto porque es un ser superior a ti y porque está en presencia de Dios viéndole cara a cara.
c) Con cariño
d) Con agradecimiento por el amor con que realiza la misión de cuidarte que Dios le ha dado.
e) El ángel custodio no puede leer el interior de tu conciencia (como lo hace Dios), por eso es necesario que le hables mentalmente para que te entienda.


ORACIÓN AL ÁNGEL CUSTODIO

- Existen dos oraciones breves que sirven desde que somos niños y que continúan haciéndonos bien cuando ha pasado ya buena parte de la vida y seguimos teniendo la misma necesidad de protección y amparo:



ANGELITO DE MI GUARDA
MI DULCE COMPAÑÍA
NO ME DESAMPARES NI DE NOCHE NI DE DIA, HASTA DEJARME EN LOS BRAZOS DE JESÚS Y DE MARIA.
ÁNGEL DEL SEÑOR, QUE ERES MI CUSTODIO,
PUESTO QUE LA DIVINA PROVIDENCIA ME ENCOMENDÓ A TI, ILUMÍNAME, GUÁRDAME, RÍGEME Y GOBIÉRNAME EN ESTE DIA.


Fuente:   http://www.laverdadcatolica.org/F54.htm

Nuestros Guardaespaldas Celestiales

¿Quiénes son los ángeles custodios?

Dios ha asignado a cada hombre un ángel para protegerle y facilitarle el camino de la salvación mientras está en este mundo. Afirma a este respecto San Jerónimo: “Grande es la dignidad de las almas cuando cada una de ellas, desde el momento de nacer, tiene un ángel destinado para su custodia”. 

En el antiguo testamento se puede observar cómo Dios se sirve de sus ángeles para proteger a los hombres de la acción del demonio, para ayudar al justo o librarlo del peligro, como cuando Elías fue alimentado por un ángel (1 Reyes 19, 5.)
En el nuevo testamento también se pueden observar muchos sucesos y ejemplos en los que se ve la misión de los ángeles: el mensaje a José para que huyera a Egipto, la liberación de Pedro en la cárcel, los ángeles que sirvieron a Jesús después de las tentaciones en el desierto.

La misión de los ángeles custodios es acompañar a cada hombre en el camino por la vida, cuidarlo en la tierra de los peligros de alma y cuerpo, protegerlo del mal y guiarlo en el difícil camino para llegar al Cielo. Se puede decir que es un compañero de viaje que siempre está al lado de cada hombre, en las buenas y en las malas. No se separa de él ni un solo momento. Está con él mientras trabaja, mientras descansa, cuando se divierte, cuando reza, cuando le pide ayuda y cuando no se la pide. No se aparta de él ni siquiera cuando pierde la gracia de Dios por el pecado. Le prestará auxilio para enfrentarse con mejor ánimo a las dificultades de la vida diaria y a las tentaciones que se presentan en la vida.

Muchas veces se piensa en el ángel de la guarda como algo infantil, pero no debía ser así, pues si pensamos que la persona crece y que con este crecimiento se tendrá que enfrentar a una vida con mayores dificultades y tentaciones, el ángel custodio resulta de gran ayuda. 

Para que la relación de la persona con el ángel custodio sea eficaz, necesita hablar con él, llamarle, tratarlo como el amigo que es. Así podrá convertirse en un fiel y poderoso aliado nuestro. Debemos confiar en nuestro ángel de la guarda y pedirle ayuda, pues además de que él nos guía y nos protege, está cerquísima de Dios y le puede decir directamente lo que queremos o necesitamos. Recordemos que los ángeles no pueden conocer nuestros pensamientos y deseos íntimos si nosotros no se los hacemos saber de alguna manera, ya que sólo Dios conoce exactamente lo que hay dentro de nuestro corazón. Los ángeles sólo pueden conocer lo que queremos intuyéndolo por nuestras obras, palabras, gestos, etc.
También se les pueden pedir favores especiales a los ángeles de la guarda de otras personas para que las protejan de determinado peligro o las guíen en una situación difícil.
El culto a los ángeles de la guarda comenzó en la península Ibérica y después se propagó a otros países. Existe un libro acerca de esta devoción en Barcelona con fecha de 1494.

Cuida tu fe

Actualmente se habla mucho de los ángeles: se encuentran libros de todo tipo que tratan este tema; se venden “angelitos” de oro, plata o cuarzo; las personas se los cuelgan al cuello y comentan su importancia y sus nombres. Hay que tener cuidado al comprar estos materiales, pues muchas veces dan a los ángeles atribuciones que no le corresponden y los elevan a un lugar de semi-dioses, los convierten en “amuletos” que hacen caer en la idolatría, o crean confusiones entre las inspiraciones del Espíritu Santo y los consejos de los ángeles.

Es verdad que los ángeles son muy importantes en la Iglesia y en la vida de todo católico, pero son criaturas de Dios, por lo que no se les puede igualar a Dios ni adorarlos como si fueran dioses. No son lo único que nos puede acercar a Dios ni podemos reducir toda la enseñanza de la Iglesia a éstos. No hay que olvidar los mandamientos de Dios, los mandamientos de la Iglesia, los sacramentos, la oración, y otros medios que nos ayudan a vivir cerca de Dios. 



Tomado de:  http://es.catholic.net/santoral/articulo.php?id=397

martes, 18 de marzo de 2014


Oración a San José para Obtener el Don de la Pureza
Fiesta 19 de marzo 
     





San José,
casto esposo de la Virgen María;
intercede para obtenerme
el don de la pureza.
Tú que a pesar de tus inseguridades personales,
supiste aceptar dócilmente el Plan de Dios tan pronto supiste de él, ayúdame a tener esa misma actitud para responder siempre y en todo lugar a lo que el Señor me pida.
Varón prudente, que no te apegas a las seguridades humanas,
sino que siempre estuviste abierto a responder a lo inesperado, obténme el auxilio del divino Espíritu para que viva yo también en prudente desasimiento de las seguridades terrenales.
Modelo de celo, de trabajo constante, de fidelidad silenciosa, de paternal solicitud, obténme esas bendiciones para que pueda crecer cada día más en ellas y así asemejarme, día a día, al modelo de la plena humanidad: el Señor Jesús.
Amén

domingo, 16 de marzo de 2014

Testimonio Vocacional - Consagración Virginal 19 de mayo de 2012



Testimonio Vocacional - Consagración Virginal 19 de mayo de 2012

19 de agosto de 2012 a la(s) 5:28
La pregunta parecía sencilla... "Que te inspiro a realizar tal gesto de consagración" (Jose Velazquez, mayo 2012, para El Visitante). La respuesta quizás igual!!!

La consagración virginal es un llamado muy especial que Jesús, nos hace a algunas personas para vivir una especial relación de amor místico con Él. La inspiración es del Espíritu Santo que nos capacita para vivir plena e intensamente este misterio de fe. Es interesante porque este estilo de vida consagrada puede ser solo para laicas o laicos que deseen públicamente dedicar su vida a Dios y a la Iglesia o dentro de la vida religiosa monástica puede considerarse como un cuarto voto, la ofrenda de la virginidad a Dios por el Reino de los Cielos (Mt 19, 12).Creo que desde mi adolescencia y por las gracias recibidas en el sacramento de la confirmación, Dios inició esta maravillosa aventura de amor en mi corazón. A muy temprana edad tomé consciencia de que la Iglesia reconocía y aceptaba a los laicos, especialmente a los jóvenes. Durante mi participación en la Pastoral Juvenil, comprendí que la Iglesia veía en los laicos, especialmente en los jóvenes un signo de esperanza y que confiaba en nuestro trabajo. Esto me mantuvo a través de los años con un alto compromiso eclesial y la clara convicción de que la fe sin obras y es fe muerta (St 2, 17). La Parroquia es otra fuente de inspiración, mi querida comunidad de Dulce Nombre Jesús de Humacao, por mucho tiempo busque en la vida religiosa respuesta a la inquietud vocacional que Jesús gestaba en mi corazón. Sin embargo, la vivencia comunitaria de mi parroquia, en donde madure en la fe y fui formada como líder me dejaba con cierta sensación de vacío al fijarme en otros estilos de vida consagrada. Además, en la Parroquia asumiendo diversos ministerios, tales como servicio psicológico voluntario en la Pastoral Social, Catequesis a jóvenes que aspiran al sacramento de la confirmación y en la creación de la Pastoral Infantil confirmé mi verdadera vocación ser laica consagrada. La Iglesia afirma que la vocación de una laica o laico consiste en "iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor" (C.V. II n. 31). La consagración pone de manifiesto el fiel compromiso de esta exhortación; cada día deseo fielmente en mi vida ordinaria, en medio del mundo, realizar todas mis actividades: profesionales, personales y religiosas según el espíritu de Cristo y para dar gloria al Dios Padre Creador del Universo.Por otro lado, hay una faceta del Encuentro con Cristo, que supera las expectativas de las vivencias antes mencionadas. El Encuentro con Cristo Eucaristía, ha transformado mi vida religiosa y es el motor más profundo de mi opción vocacional. Si yo no hubiera aprendido a contemplar a Jesús Eucaristía, si me fe no hubiera trascendido los límites de la razón para comprender y afirmar sin reservas que verdaderamente Jesús está vivo, real y presente en el pan consagrado, en vano sería esta consagración. Hay una canción muy hermosa que dice: “Cada vez que te recibo Señor, algo grande pasa en mi, cada vez que te recibo mi Bien, me acerco un poco más a ti, porque en la hostia estas y estoy a un paso del cielo aquí…”. Verdaderamente, Jesús está en cuerpo, sangre, alma y divinidad en la hostia invitándonos, consolándonos, perdonándonos y amándonos. Cualquiera que descubre este gran misterio, no puede hacer otra cosa que corresponder, pagar con amor tanto amor, es imposible ser indiferente. Cualquiera que sienta el gran amor de Dios manifestado en Cristo Eucaristía, independientemente de su estado de vida, debería estallar de amor por Jesús, querer estar con Él, vivir para Él y vivir solo en Él. La Vírgenes Consagradas somos Esposas de Cristo, nuestra consagración constituye un desposorio místico, con el Amor de los Amores; este don maravilloso solo puede vivirse plenamente contemplando a Jesús Eucaristía. Mediante la eucaristía descubrimos que el Amable Corazón de Jesús, tiene sed de almas sencillas que quieran sumergirse en la aventura del amor, para dejarse consumir el fuego devorador de su pasión. Jesús nos pone en su corazón, para que podamos vivir lo que Él vive y sentir lo que Él siente. Entrar en el misterio de su corazón es vivir toda para su dolor redentor, toda para su gloria, la cruz, toda para su gozo pascual, y toda para su luz, la eucaristía. De una manera muy particular, en medio del mundo con los retos, alegrías y penas ordinarias; “Entrega Total, Vida Normal.

Tratar de describir cómo me siento es un ejercicio simpático… muy feliz, asombrada de que Dios haya querido tratarme con tanta benevolencia, emocionada por que su misericordia es eterna y verdadera. Muy agradecida de Dios por el don recibido y muy orgullosa de mis Directores Espirituales, el P. Floyd Mercado Vidro y el P. Eduardo Del Rivero que con tanta docilidad se han dejado guiar por las inclinaciones del Espíritu y con tanta sabiduría me han instruido y formado. Además, muy agradecida por la acogida que recibí del Promotor Vocacional, el P. Adonis González que con tanta diligencia me acompañó en la fase final del discernimiento. Finalmente, muy agradecida de S.E.R. Monseñor Eusebio Ramos Morales, por recibir sin reservas mi petición de ser consagrada y dar paso al proceso de preparación espiritual y canónico que nos condujo hasta este gran día.


EL ORDO VIRGINUM... Origen, Significado y Función 

El Orden de las Vírgenes, es la forma de vida consagrada más antigua de la Iglesia, costumbre que se remonta a la Iglesia Primitiva.  Aunque en la edad media la consagración cayó desuso, en parte a causa de la Reforma  Protestante que dejó una época de espiritualidad muy individualista.  La Sagrada Congregación para el Culto Divino promulgó en 1970 el nuevo rito litúrgico para la Consagración de Vírgenes, de valioso contenido espiritual; venerable por su origen antiguo, admirable por su edad y belleza.

El Orden de las Vírgenes está formado por mujeres seglares, que aún permaneciendo en el mundo quedan definitivamente “reservadas para Dios” con un vínculo virginal y nupcial, por medio de un propósito irrevocable, sellado por un rito público, solemne y litúrgico.  A través de este rito,  la Iglesia demuestra su aprecio por la virginidad, implora gracias a favor de las vírgenes y espera un derramamiento de bendiciones que  hará de la virgen una esposa fecunda para la gloria de Dios. 

Es un estado de vida “canónico” en la Iglesia, es decir es de naturaleza jurídica, una de las cuatro formas de “Vida Consagrada” reconocidas por el Código de Derecho Canónico (C.I.C. 604) y definido dentro del apartado destinado a la Vida Consagrada en el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, y en el documento de la Vida Consagrada del Papa Juan Pablo. (CIC, c. 604; CIC 922-924).

Las Vírgenes Consagradas “se desposan místicamente con Cristo, Hijo de Dios, y se entregan “dedicantur” al servicio de la Iglesia” (Cfr can. 604 & 1). Su vida será siempre vivir este amor esponsal, que es total entrega y pertenencia a Jesús en cuerpo y alma y reflejar la intensidad y la lozanía de los orígenes, del amor primero de nuestra Iglesia.  La virgen se convierte en signo trascendente del amor de la Iglesia hacia Cristo e imagen escatológica de la Esposa celeste y de la vida futura.  La virgen consagrada se convierte en signo trascendente del amor de la Iglesia hacia Cristo e imagen escatológica de la Esposa celeste y de la vida futura.  Además, se identifica con la esposa que, juntamente con el Espíritu, invoca la venida del Señor: "El Espíritu y la esposa dicen: "¡Ven!" (Apocalipsis 22, 17).

La consagración virginal está formada por los siguientes elementos esenciales (CIC 922 – 924):
  1. Son vírgenes cristianas llamadas por el Señor Jesucristo que las elige para que sean sus esposas. La llamada del Maestro nace de un encuentro interior con él, solo después de percibir la mirada de Cristo que nos dice: “Ven y Sígueme”.
  2. Están llamadas para consagrarse a El enteramente con una libertad mayor de corazón, de cuerpo y de espíritu.
  3. Han tomado la decisión, aprobada por la Iglesia, de vivir en estado de virginidad “a causa del Reino de los Cielos” (Mateo 19, 12).
  4. Son consagradas a Dios por el Obispo diocesano, según el rito aprobado, se celebra el desposorio místico con Jesucristo, Hijo de Dios.  El Obispo es el superior de cada una, a través de él están unidas a la Iglesia Universal y al Santo Padre.  Sus funciones eclesiales de estado son la penitencia inherente a la virginidad, las obras de misericordia, la actividad apostólica y la oración santa.
  5. El Orden de las vírgenes sitúa a la mujer que vive en el mundo, viviendo su pertenencia a Dios en medio del mundo al estilo de Jesús.  En el ejercicio de la oración, la penitencia, el servicio a los hermanos y del trabajo apostólico, según el estado y los carismas que cada una ha recibido.