lunes, 29 de diciembre de 2014

San Juan Evangelista... un Consagrado de Dios


Durante la Fiesta de San Juan Evangelista, meditaba el salmo 98 y las antífonas que el Oficio Divino, nos proponía ese día.

 De inmediato me impactó la fuerza del salmista para describir a Dios, verlo lleno del Espíritu, proclamando que el Dios de Sión es grande y terrible. Que hace que la tierra tiemble, que reconozca su autoridad, que Él ama el derecho y la rectitud, por lo que su santidad es expresión viva de la justicia. Con delicadeza nos invita a estremecernos ante su presencia, a postrándonos ante El, a contemplar su gloria e invocar su nombre, imitando a los primeros consagrados de la historia de la salvación.

Moisés, Aarón Samuel… hacer memoria de sus vidas es recordar la predilección de Dios por la humanidad, y cómo se confía de la limitada capacidad del ser humano para cumplir todas sus promesas. 

 Los preferidos de Dios, recibieron la dicha de conocer todos los secretos celestiales, el primer don que Dios nos ofrece es la fe y con ella la revelación. Acoger su manifestación, porque su deseo de amor es ponerse en evidencia, hacer que cada persona pueda reconocerle, que cada uno tenga acceso a su naturaleza que es el amor mismo.  Como bien dice el salmista: "Moisés y Aarón con sus sacerdotes, Samuel con los que invocaban su nombre, invocaban al Señor y Él les respondía…".  Hombres Consagrados, que por su dedicación a Dios, podían contemplarlo, ver su rostro cara a cara.  Una vida espiritual de la cual brotó la fidelidad y el amor, santa debilidad de Dios, ver a los seres humanos rendidos ante su presencia, y con ello, nos produce un desbordamiento de gracias.  "Dios les hablaba desde la columna de nube; oyeron sus mandatos y la ley que les dio…".  Consagrados y Consagradas a Dios, que por la pobreza de espíritu pueden reconocer la majestad de Dios, que por la unción del Espíritu alcanzan disponer el corazón para acoger a La Palabra, escuchar sus mandatos y obedecer la voluntad divina, para que por la gracia se inflamen sus corazones en el amor, que hace brotar la caridad perfecta.

Tal cual, San Juan Evangelista siempre tan cerca de Jesús, Palabra Comunicada del Padre Dios, dispuesto y disponible a la intimidad, a la cercanía, al amor. La Iglesia nos ha regalado la memoria perpetua, de un gesto casi imperceptible, la imagen de San Juan posando su frente sobre el pecho de Jesús.  Cuanta ternura entre el Maestro y su discípulo, un siervo que se ha convertido en Amigo de Dios, para desde el corazón de Jesús gozar de la preferencia divina.  Cuanta misericordia,  que en Jesús se desborda hacia nosotros, aplacando la ira divina, para consolar a la humanidad y promoverla a través de Él a la santidad.  Vida dichosa, esa que descansa en el corazón de Jesús, bienaventurados los pobres de Espíritu, porque de ellos es el Reino. Vida dichosa, esa que se postra ante los pies del Señor, bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
 
Esa es la promesa de nuestra consagración, alcanzar el Reino y ver a Dios, por nuestra pobreza de Espíritu y la pureza del corazón.  Entonces que nos queda, posar nuestra frente en el pecho de Jesús, con San Juan Evangelista.

 
Posemos nuestra frente sobre el pecho de Jesús, para que Él nos revele el misterio de Dios, para que nuestra vida consagrada sea una llena de gracia.  Recibamos el don del Espíritu, que nos concede la gracia de la revelación preferencial de Dios, y nos conduce hacia la humildad necesaria para refugiarnos en el pecho de Jesús. Renovemos la esperanza primera, recibida en nuestra consagración, dedicando con ahínco nuestra vida a la justicia, para que nos alegremos en el Señor toda la vida.

Felicidad perpetua, esa es la garantía de amor, de los que siguen a Jesús con fidelidad, vida dichosa y bienaventurada es aquella en la que se descubre con fe el misterio divino.  Esa que vivió San Juan, al conocer  todos los secretos celestiales, solo le quedaba amar y favorecer al prójimo, escribiendo cuanto el Espíritu le revelaba.  Obrar en beneficio de otros, característica esencial de cualquier vida consagrada que intenta imitar a Cristo: "Andar por la Vida Haciendo el Bien".

Posemos nuestra frente en el pecho de Jesús, para que Dios nos hable desde la columna de nubes sobre sus mandatos y su ley, que podamos someter nuestra voluntad al deseo de Dios, ordenemos nuestra vida, según su mandato, la ley del amor y alcancemos ver la gloria de Dios.

Seamos discípulos y discípulas amados y preferidos por Cristo, para que se manifieste en nuestra castidad virginal la plenitud de la gloria de Dios.  Que la pureza de Cristo inflame nuestros corazones, para que todo el favor de Dios venga sobre nosotros a traves de la castidad perfecta.  Que el Espíritu Santo acreciente en cada Consagrado y Consagrada la fe para reconocer a Dios, la esperanza para fiarnos de las promesa divinas y el amor que nos hace dichosos y bienaventurados, por el don de la consagración que hemos recibido.  

Anunciemos con gozo y alegría que la Palabra de Vida, habita en medio nuestro, que Jesucristo continua en medio del mundo, realizando obras de amor y misericordia, porque Dios quiere que tengamos vida en abundancia.

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