Durante
la Fiesta de San Juan Evangelista, meditaba el salmo 98 y las antífonas que el
Oficio Divino, nos proponía ese día.
De
inmediato me impactó la fuerza del salmista para describir a Dios, verlo lleno
del Espíritu, proclamando que el Dios de Sión es grande y terrible. Que hace
que la tierra tiemble, que reconozca su autoridad, que Él ama el derecho y la
rectitud, por lo que su santidad es expresión viva de la justicia. Con
delicadeza nos invita a estremecernos ante su presencia, a postrándonos ante
El, a contemplar su gloria e invocar su nombre, imitando a los primeros
consagrados de la historia de la salvación.
Moisés,
Aarón Samuel… hacer memoria de sus vidas es recordar la predilección de Dios
por la humanidad, y cómo se confía de la limitada capacidad del ser humano para
cumplir todas sus promesas.
Los
preferidos de Dios, recibieron la dicha de conocer todos los secretos
celestiales, el primer don que Dios nos ofrece es la fe y con ella la
revelación. Acoger su manifestación, porque su deseo de amor es ponerse en
evidencia, hacer que cada persona pueda reconocerle, que cada uno tenga acceso
a su naturaleza que es el amor mismo. Como bien dice el salmista: "Moisés
y Aarón con sus sacerdotes, Samuel con los que invocaban su nombre, invocaban
al Señor y Él les respondía…". Hombres Consagrados, que por su
dedicación a Dios, podían contemplarlo, ver su rostro cara a cara. Una
vida espiritual de la cual brotó la fidelidad y el amor, santa debilidad de
Dios, ver a los seres humanos rendidos ante su presencia, y con ello, nos
produce un desbordamiento de gracias. "Dios les hablaba desde la
columna de nube; oyeron sus mandatos y la ley que les dio…". Consagrados
y Consagradas a Dios, que por la pobreza de espíritu pueden reconocer la
majestad de Dios, que por la unción del Espíritu alcanzan disponer el corazón
para acoger a La Palabra, escuchar sus mandatos y obedecer la voluntad divina,
para que por la gracia se inflamen sus corazones en el amor, que hace brotar la
caridad perfecta.
Tal cual,
San Juan Evangelista siempre tan cerca de Jesús, Palabra Comunicada del Padre
Dios, dispuesto y disponible a la intimidad, a la cercanía, al amor.
La Iglesia nos ha regalado la memoria perpetua, de un gesto casi imperceptible,
la imagen de San Juan posando su frente sobre el pecho de Jesús. Cuanta
ternura entre el Maestro y su discípulo, un siervo que se ha convertido en
Amigo de Dios, para desde el corazón de Jesús gozar de la preferencia
divina. Cuanta misericordia, que en Jesús se desborda hacia
nosotros, aplacando la ira divina, para consolar a la humanidad y promoverla a
través de Él a la santidad. Vida dichosa, esa que descansa en el corazón
de Jesús, bienaventurados los pobres de Espíritu, porque de ellos es el Reino.
Vida dichosa, esa que se postra ante los pies del Señor, bienaventurados los
limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Posemos
nuestra frente sobre el pecho de Jesús, para que Él nos revele el misterio de
Dios, para que nuestra vida consagrada sea una llena de gracia. Recibamos
el don del Espíritu, que nos concede la gracia de la revelación preferencial de
Dios, y nos conduce hacia la humildad necesaria para refugiarnos en el pecho de
Jesús. Renovemos la esperanza primera, recibida en nuestra consagración,
dedicando con ahínco nuestra vida a la justicia, para que nos alegremos en el
Señor toda la vida.
Felicidad
perpetua, esa es la garantía de amor, de los que siguen a Jesús con
fidelidad, vida dichosa y bienaventurada es aquella en la que se descubre con
fe el misterio divino. Esa que vivió San Juan, al conocer todos los
secretos celestiales, solo le quedaba amar y favorecer al prójimo, escribiendo
cuanto el Espíritu le revelaba. Obrar en beneficio de otros,
característica esencial de cualquier vida consagrada que intenta imitar a
Cristo: "Andar por la Vida Haciendo el Bien".
Posemos
nuestra frente en el pecho de Jesús, para que Dios nos hable desde la columna
de nubes sobre sus mandatos y su ley, que podamos someter nuestra voluntad al
deseo de Dios, ordenemos nuestra vida, según su mandato, la ley del amor y
alcancemos ver la gloria de Dios.
Seamos
discípulos y discípulas amados y preferidos por Cristo, para que se manifieste
en nuestra castidad virginal la plenitud de la gloria de Dios. Que la
pureza de Cristo inflame nuestros corazones, para que todo el favor de Dios
venga sobre nosotros a traves de la castidad perfecta. Que el Espíritu
Santo acreciente en cada Consagrado y Consagrada la fe para reconocer a Dios,
la esperanza para fiarnos de las promesa divinas y el amor que nos hace
dichosos y bienaventurados, por el don de la consagración que hemos
recibido.
Anunciemos
con gozo y alegría que la Palabra de Vida, habita en medio nuestro, que
Jesucristo continua en medio del mundo, realizando obras de amor y
misericordia, porque Dios quiere que tengamos vida en abundancia.

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