viernes, 3 de abril de 2020

Ponencia Ecclesiae Sponsae Imago 1er Encuentro Virgenes Consagradas Puerto Rico














            

Autora y Presentadora: Psicóloga Ivette Fontánez Ojea, OCV
Diócesis Fajardo Humacao

La Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica publicó el 4 de julio de 2018, la Instrucción sobre el Ordo Virginum Ecclesiae Sposae Imago. Con el propósito de facilitar la aplicación de las normas del Pontifical Romano implícitas en el canon 604 del Código de Derecho Canónico, así como en la definición de una disciplina más completa y orgánica que, según los principios comunes del derecho de la vida consagrada en sus diversas formas, especifique las peculiaridades del Ordo Virginum[1].  Además para atender la petición de los obispos de todo el mundo, que consecuentemente solicitaban a la Santa Sede una guía que les permitiera regular el estado de vida de las Vírgenes Consagradas en su Iglesia local y poder acompañar mejor a las candidatas que solicitaran la consagración virginal.

La virginidad perpetua por el Reino es un carisma del Espíritu que Dios ha conferido a la Iglesia por medio de almas generosas que han decidido seguir a Cristo Esposo, mientras viven en el mundo y sirven en sus comunidades eclesiales.  Desde tiempos apostólicos, esta expresión del Misterio de la Iglesia ha encontrado una manifestación totalmente peculiar en la vida de aquellas mujeres que, correspondiendo al carisma evangélico del  amor esponsal suscitado en ellas, se han dedicado al Señor Jesús en virginidad, para experimentar la fecundidad espiritual de la íntima relación con Él y ofrecer los frutos a la Iglesia y al mundo.  «En los primeros siglos cristianos, esta forma de vida evangélica se expresó de forma espontánea en las primeras comunidades cristianas[1], figurando entre las otras formas de vida ascética. En los tres primeros siglos numerosísimas vírgenes consagradas sufrieron el martirio por permanecer fieles al Señor»[2].

A partir del siglo IV, el ingreso en el Ordo Virginum se hacía por medio de un solemne rito litúrgico, presidido por el Obispo diocesano[3].  Con esta ceremonia pública, la Iglesia en la persona del Obispo, reconocía y recibía el santo propósito de estas mujeres de vivir dedicadas al servicio de Dios y la Iglesia, unidas a Cristo Esposo. «El santo propósito en la tradición más pura, patrística y monacal, es un compromiso muy cercano al voto, por el que abrazan públicamente tal estado de virginidad y son consagradas a Dios, para seguir a Cristo más de cerca, en virginidad, y, consagradas por el Obispo diocesano conforme al Rito litúrgico aprobado, se dedican al servicio de la Iglesia»[4].  La Iglesia reconoce  que no es una veleidad interior (¡el simple propósito!), sino una voluntad comprometida, explícita y formal, expresada ante la Iglesia y por ésta recibida, con las notas de firmeza, eficacia, universalidad y perpetuidad.  

El santo propósito de la virginidad perpetua por el Reino, no es en sí mismo un voto semejante al que profesan las monjas o religiosas, sin embargo, expresado en la vida pública representa capacidad de la consagrada de vivir plenamente dedicada a Dios. «El Sanctum Propositum expresa la firme y definitiva voluntad de perseverar por toda la vida en la castidad perfecta y en el servicio de Dios y de la Iglesia. Es una realidad espiritual que se significa y se hace operativa en la celebración litúrgica de la consecratio virginum, con la que la Iglesia implora sobre las vírgenes la gracia de Dios y la efusión del Espíritu Santo»[5].

La identidad de la Virgen Consagrada reside en el santo propósito, como genuina manifestación de la obra del Espíritu que la separa para Dios y la capacita para vivir la castidad por el Reino. Ecclesia Esponsae Imago señala que:

« De esta manera las vírgenes son personas sagradas, signo sublime del amor de la Iglesia por Cristo, imagen escatológica de la Esposa celeste y de la vida futura[24]. La pertenencia exclusiva a Cristo, ratificada por el vínculo nupcial, mantiene en ellas la vigilante espera del retorno del Esposo glorioso (Mt 25, 1-13), vinculadas al misterio de Cristo para la edificación de la Iglesia (Col 1, 24)»[6].

La virginidad consagrada por el Reino de Dios, es una vocación específica en la que el Espíritu va configurando a la mujer consagrada con Cristo Esposo. Ella vive y da testimonio en medio del mundo,  de la capacidad que tiene los seres humanos de «amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente»[7], amar con corazón indiviso. Su ser encarnado en el mundo puede expresar tal dedicación a Dios en diversas dimensiones. En cada vocación hay una dimensión antropológica que incluye los rasgos biológicos y corporales que dan pie a la identidad del ser humano.  La virgen consagrada en su dimensión antropológica también conjuga con el componente fisiológicos los rasgos propios de su identidad psicológica.  Temperamento, personalidad, emociones, habilidades intelectuales y cognitivas, la afectividad y la voluntad integradas conforman la identidad psicológica.  Todos los seres humanos han sido creados por Dios para estar en relación consigo mismo, con las personas que le rodean en la comunidad y con Dios. En la dimensión social y cultural la virgen consagrada encuentra las fuentes propias de sus relaciones humanas.  Aquí también encuentra la religión que como experiencia humana procede de un trasfondo sociocultural relevante; cada virgen consagrada en su entorno social desde la familia. recorre un camino de iniciación cristiana que alcanza su fin en la Iglesia y desde la Iglesia se proyecta en un plan permanente de vida vocacional y de acción pastoral.  En la dimensión teológica se manifiesta la espiritualidad de cada virgen consagrada, vivida desde Cristo Esposo en clave de amor trinitario.  Una dimensión teológica que la lleva a la intimidad mística con Dios, al anuncio kerygmático de su relación con Cristo Esposo y al testimonio carismático de su fe por medio de las buenas obras.

Las mujeres en las que el Espíritu suscita el carisma de la virginidad (Mt 19, 11-12) reciben la gracia de una vocación singular, por la que Dios las atrae hacia el corazón de la alianza nupcial (Ap 19, 7-9) que en su eterno designio de amor ha querido establecer con la humanidad y que se ha realizado en la Encarnación y en la Pascua del Hijo[8].  Este estado de vida canónico posee naturaleza jurídica, que es legítimamente reconocida en la Iglesia en el canon 604 del Derecho Canónico. Constituye un verdadero desposorio espiritual con Cristo o matrimonio místico; puesto que no es la virgen la que se consagra a Cristo, sino Cristo el que la consagra perpetuamente para sí, por medio del ministerio del Obispo.  No es ella quien se desposa con Cristo, sino Cristo el que la desposa consigo para la eternidad.


Esta consagración es un desposorio indisoluble de gran valor teológico, que prefigura en la tierra la condición de la Iglesia de ser esposa de Cristo en el Cielo.  Es un carisma vocacional plenamente eclesial, en relación inmediata y directa con el Obispo de la diócesis y así como con la Iglesia universal.  «Por su particular vocación, también las mujeres que en la Iglesia reciben la consagración virginal participan de este misterio: por amor a Cristo, sumamente amado, renuncian a la experiencia del matrimonio humano, para unirse a Él por un vínculo esponsal, para experimentar y testimoniar en la condición virginal (1 Cor 7, 34) la fecundidad de esa unión, y anticipar la realidad de la comunión definitiva con Dios a la que toda la humanidad está llamada (Lc 20, 34-36)»[9].  En cada virgen consagrada el Espíritu suscita un camino propio, conforme a su carisma personal, que hay que conocer y respetar. Sin embargo, «las consagradas se dejan acompañar y sostener por la Iglesia en la acción constante de un discernimiento humilde, con el fin de comprender cuál es la voluntad de Dios para su vida (Rm 12, 2) y así poder reconocer, acoger y vivir los carismas personales con autenticidad»[10]. «Movidas por el deseo de corresponder al amor del Esposo con un amor cada vez más puro y generoso, obtienen de la oración inspiraciones para sus decisiones; ejercitan constante vigilancia de sus propios comportamientos y actitudes; aceptan con serenidad los sacrificios que impone la vida diaria; luchan contra las tentaciones, los pensamientos, las sugestiones y las sendas que llevan al mal; aprenden a recibir con humildad la ayuda de la corrección fraterna»[11].

Su estilo de vida está arraigado en la Iglesia particular, reunida alrededor del Obispo, su pastor, y está delineada, especialmente en el rito de consagración, teniendo como referencia primordial el modelo de la Iglesia virgen por la integridad de la fe, esposa por la unión indisoluble con Cristo, madre por la multitud de hijos generados a la vida de la gracia[12]. Su entrega al servicio de la Iglesia hace visible la misión para la cual fue llamada a la vida consagrada para: «iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar en la pasión por el anuncio del Evangelio, para la edificación de la comunidad cristiana y para su testimonio profético de comunión fraterna, de amistad ofrecida a todos, de proximidad atenta a las necesidades materiales y espirituales de los hombres de su tiempo, del compromiso en buscar el bien común de la sociedad»[13].

«Estas mujeres viven generalmente con sus propia familias»[14], tal como ocurrió en los primeros siglos de la era cristiana, «procurando su sustento con los frutos de su trabajo y los recursos personales»[15].  «Permanecen radicadas en la porción del pueblo de Dios donde ya viven y donde ha tenido lugar el discernimiento vocacional y la preparación a la consagración»[16]. Este rito las reserva para Dios sin hacerlas ajenas al ambiente donde viven y están llamadas a realizar su propio testimonio[17]. Deseosas de irradiar la dignidad y belleza de su vocación según un estilo de cercanía a la gente de su tiempo, en la manera de vestir guardan las costumbres del ambiente en que viven, conjugando el decoro y la expresión de su personalidad con el valor de la sobriedad, según las exigencias de su condición social[18]. Llevan el anillo recibido durante el rito de consagración como signo de la alianza esponsal con Cristo Señor.

En su estilo de vida[19] podemos observar una vinculación constante con el magisterio del Obispo diocesano, dejándose interpelar por sus opciones pastorales, con el fin de acogerlas de forma responsable, con inteligencia y creatividad.  Desde la oración interceden por las necesidades de la diócesis y las intenciones del Obispo. La vocación de la virginidad se armoniza con los carismas (dones personales) que dan forma concreta al testimonio y al servicio eclesial de cada consagrada. Toman el Evangelio como fuente inagotable del gozo que da sentido a la vida, la orientación de su camino y su regla fundamental.

La espiritualidad de la virgen consagrada vivida en el mundo da testimonio del amor nupcial de Cristo y la Iglesia, es una total entrega y pertenencia en cuerpo y alma a Dios por medio de Cristo Esposo que se convierte en signo trascendente del amor de la Iglesia hacia Cristo. «La experiencia espiritual de las vírgenes consagradas se expresa en tres perspectivas: virginidad, esponsalidad y maternidad[31] esto se refiere a dinámicas espirituales realizadas una en la otra y asentadas en las coordenadas fundamentales de la vida bautismal, por las que las consagradas son hijas de la Iglesia y hermanas unidas a todos los hombres y a todas las mujeres por vínculos de fraternidad»[20].  Los medios o recursos para desarrollar la vida espiritual son la oración, el silencio y la soledad. La oración es para las consagradas una exigencia de amor para « contemplar la belleza de Aquel que las ama »[48], y de comunión con el Amado y con el mundo donde están establecidas[21]. El silencio contemplativo[49], que crea las condiciones favorables para escuchar la Palabra de Dios y conversar con el Esposo de corazón a corazón. Ansiosas de profundizar en su conocimiento y el diálogo de la oración, adquieren familiaridad con la revelación bíblica, sobre todo con la lectio divina y de estudio profundo de las Escrituras[50][22]. Aman y disfrutan el estar a solas con Dios, porque en este espacio de intimidad del alma, retiradas del bullicioso del mundo en el que viven y sirven a la Iglesia, encuentran su descaso en el corazón de Cristo Esposo.

La Iglesia como centro y lugar del culto propicia a través del año litúrgico la celebración del misterio de Cristo en sus fiestas y solemnidades. «Desde ahí, la virgen consagrada se vale de los sacramentos  de la eucaristía y la reconciliación para acrecentar el vínculo de amor esponsal con Cristo.  En el rezo continuo de la liturgia de las horas se une a la plegaria universal de la Iglesia y con la práctica de ejercicios espirituales alcanza la contemplación de los misterios divinos por los que puede vivir intensamente la unión esponsal con Cristo.  La virgen consagrada está llamada a cultivar en su devoción a la Virgen María, a esa que es "maestra de la virginidad"[56], modelo y patrona de toda vida consagrada[57], de quien aprenden cada día a alabar al Señor»[23] y proclama las grandezas de su amor.

Ponencia dictada el 7 de septiembre de 2019 en San Juan, Puerto Rico



[1] Ecclesiae Esponsae Imago  10
[2] Ecclesiae Esponsae Imago  2
[3] Ecclesiae Esponsae Imago  3
[4] El Derecho de los Religiosos – Comentario al Código – Domingo J. Andrés, cmf – Publicaciones Paulinas, S.A. – Instituto Teológico de Vida Religiosa, Madrid – Instituto Jurídico Claretiano, Roma – 1985
[5] Ecclesiae Esponsae Imago  19
[6] Ecclesiae Esponsae Imago  19
[7] Catecismo de la Iglesia Católica Numeral 2055
[8] Ecclesiae Esponsae Imago  18
[9] Ecclesiae Esponsae Imago  18
[10] Ecclesiae Esponsae Imago  27 - 28
[11] Ecclesiae Esponsae Imago  36
[12] Ecclesiae Esponsae Imago  22
[13] Ecclesiae Esponsae Imago  39
[14] Ecclesiae Esponsae Imago  5
[15] Ecclesiae Esponsae Imago  37
[16] Ecclesiae Esponsae Imago  42 y 43
[17] Ecclesiae Esponsae Imago  37
[18] Ecclesiae Esponsae Imago  38
[19] Ecclesiae Esponsae Imago 42 y 43
[20] Ecclesiae Esponsae Imago 22
[21] Ecclesiae Esponsae Imago 29
[22] Ecclesiae Esponsae Imago 29
[23] Ecclesiae Esponsae Imago desde el 30 al 35

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