sábado, 26 de marzo de 2016

María, Madre Dolorosa



 
 
En el Relato de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, según San Juan, realza la participación de varios personajes que vivieron este evento junto a Jesús.  De manera especial, reseña las interacciones entre Jesús y su Madre. Al meditar la Palabra, podemos resaltar una actitud de María que hoy puede ser para nosotros motivo de reflexión o de conversión de costumbres.
 
Estar Presente… ACOGER, APOYAR, CONSOLAR.

Dice el Evangelista:  Junto a la cruz de Jesús estaba su MADRE, la hermana de su madre, María la mujer de Cleofás y María Magdalena.

Al leer este versículo, de inmediato me pregunto cuán presente estoy Yo, en la vida de los que me rodean, cuán dispuesta estoy para estar presente al pie de las cruces de mi prójimo.  Quizás al mismo tiempo salta a la mente, un pensamiento común, "CRUCES TENGO YO, NO PUEDO CON LA MIA, VOY A CARGAR LA DE OTRO".  Suena un tanto ordinario, probablemente hasta vulgar, pero hagamos memoria, de nuestros actos de consolación y apoyo para con los demás.  Con cuanta frecuencia estamos disponibles para "Consolar al que Sufre".  Cuál es la calidad de tiempo que dedicamos al prójimo para acompañarlo en medio de su realidad cotidiana y atender sus necesidades. O como en una cadena repetida usted y yo, afirmamos que la vida es difícil y que sólo a cada quien le corresponde bregar con lo que le tocó… Y a Dios que reparta suerte. 

Vamos a detenernos un poco y evaluamos el acto de consolar desde la perspectiva de aquél que es capaz de aliviar la pena o aflicción del que sufre. Animar, alentar al que está triste.  La disposición para fijarnos en el dolor de los demás y estar disponible para recibir sus inquietudes, escuchar atentamente y con comprensión sus quejas y pesares.  Con el propósito ofrecer lo que tenemos en satisfacción de la pena que el otro experimenta, tal cual Dios hace con nosotros, que escucha y atiende las suplicas de cuantos acuden a Él.

La presencia silente de María en la travesía hacia El Calvario es un signo visible del amor que sentía por su Hijo.  Allí al pie de la cruz, manifestó su compromiso de estar presente en todo momento o circunstancia, "estar contigo porque te amo y eres especial". Pero será posible estar presente para aquellos que son desconocidos, a quienes no nos une ningún sentimiento familiar o amistoso.  Será posible asumir el dolor y estar presente en la vida de aquellos que nos rodean, con quienes quizás existe algún vinculo ocasional por compartir actividades o intereses comunes.  La escena evangélica nos recuerda que si es posible, alrededor de la cruz de Jesús estaban sus familiares, algunos amigos muy íntimos y un sin número de desconocidos.  Unos por curiosidad, otros conmovidos por la desgarradora escena y algunos por amor.

Al contemplar la figura de María, Madre Dolorosa o Madre de La Angustia, es obligatorio remitirnos a un episodio anterior del Evangelio de Juan.  Al pie de la CRUZ, cuando María acompañada de sus seres más queridos, experimentaba el dolor más profundo que cualquier madre puede sentir, Jesús, la acerca al Discípulo Amado.
Según la Escritura:  Jesús al ver a su madre y junto a ella al discípulo a quien tanto amaba, dijo a su madre:
         - "Mujer, ahí tienes a tu Hijo".
         - Y mirando al Discípulo:
         - "Ahí tienes a tu madre".
Y desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya.

Qué hubiera sido de María, en medio de su angustia, si El Discípulo no la hubiera acogido, no hubiera estado dispuesto a apoyarla y consolarla, no la hubiera recibido como si fuera su propia madre. Que hubiera sido de María, si en lugar de toparse con un Discípulo Noble y Servicial, hubiera encontrado un corazón indiferente, incapaz de compadecerse de su necesidad.  Posiblemente, sola, deprimida, llena de angustia y frustración se hubiera alejado de todos, hasta Dios, pensando que el plan de Dios era falso, que su proyecto de salvación era inútil.  De igual, manera EL Discípulo, y con El, los demás Apóstoles, devastados por la muerte de Jesús y el aparente fracaso de la misión. Que hubiera sido de ellos, si no hubieran contado con el apoyo de María y su amor maternal, como consuelo en medio del dolor.  Probablemente, todos se hubieran dispersado, cada quien hundido en la pena, incapaces de ofrecerse unos a otros como consuelo en medio de la aflicción, incapaces de poder ofrecer una palabra de aliento, una caricia afectuosa, una escucha silente para mutuamente reconfortar el alma. Puro Desasosiego, Desesperanza y Desesperación.

Nada diferente a nosotros, que sería de nosotros sin en medio de nuestras angustias y sufrimientos, no existiera una mano amiga.  Un hermano fiel y servidor, que lleno de misericordia está dispuesto a ofrecernos consuelo y ayuda en medio de las dificultades, bienes materiales o espirituales según nuestra necesidad para confortarnos y fortalecernos.  Así como Dios, nos consuela y atiende nuestras súplicas, cada vez que acudimos a Él. ACOGIDA, APOYO Y CONSUELO para poder superar las dificultades, poder mirar el futuro con esperanza, creer que en medio del dolor de una cruz, siempre habrá una nueva oportunidad para renacer del agua y del Espíritu a una nueva etapa de la vida.

Si  María y Los Apóstoles no hubieran sido capaces de consolarse mutuamente en medio del dolor, no hubieran podido juntos contemplar al Resucitado, lleno de gloria y majestad.

Inevitablemente, me pregunto por qué a veces encontramos ese recurso de consuelo y otras veces no. Mi pensamiento regresa al inicio de esta reflexión …
          
Cuán presente estoy Yo, en la vida de los que me rodean, cuán dispuesta estoy para estar presente al pie de las cruces de mi prójimo. 
Cuánto dolor nos rodea, quienes son los que sufren, cuán disponibles    estamos para acoger, apoyar, consolar. Mira en tu hogar, en tu vecindario, en tu lugar de trabajo, aquí en la Iglesia, te sorprenderá, descubrir, cuanta    necesidad hay  y cuán útil puedes ser a los demás.

Contemplar a la Madre Dolorosa, es una invitación a mirar con ojos de misericordia a nuestro prójimo, fijar nuestra mirada en el que sufre, para estar dispuestos y disponibles a hacer presencia en la vida de los demás. Salir al encuentro de los que sufren y consolar, como Dios Padre Misericordioso nos consuela.

Pidámosle al Espíritu Santo, fuente de todo consuelo, que nos dote con un corazón generoso, grande para amar y servir. 

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