Jornada Mundial del Enfermo 2011
“El Enfermo Misionero Fuerza Vital de la
Misión”
“Por sus llagas habéis
sido curados” (1Pe 2,24)
Isaías 53: 2-6: "No
tenía apariencia ni presencia… Varón de dolores y sabedor del sufrimiento...
Soportó nuestros sufrimientos, cargó con nuestros dolores...traspasado por
nuestras iniquidades… Molido por nuestros pecados... soportó el castigo que nos
trae la paz... y por sus llagas hemos sido sanados".
Hoy
nos reunimos aquí, con el propósito de reflexionar sobre la naturaleza del
dolor, del sufrimiento humano y cómo el ofrecimiento de nuestras penas y
pesares nos acercan al amable corazón de Cristo. La hermana Adela Galindo, (Madre Fundadora de
la Comunidad de las Siervas de los
Corazones Traspasados de Jesús y María) nos exhorta a comprender que en el texto Isaias 53: 2 – 6 se nos
invita a contemplar el sufrimiento como medio de revelación del amor divino:
amor que es salvífico: "cargó con nuestros pecados"..."soportó
nuestros sufrimientos"... "traspasado por nuestras iniquidades".
Revela el amor divino, que siempre salva, siempre libera y redime. Es el amor
que se da hasta el extremo "sin escatimar en nada" (palabras del
Corazón de Jesús a Santa Margarita). El amor es, por
lo tanto, la fuente más rica para entender el sentido del sufrimiento, que
siempre es un misterio. Para descubrir este misterio, a la medida posible,
debemos contemplar la Cruz de Cristo: el amor salvífico de Cristo que por sus
llagas hemos sido sanados."La cruz de Cristo --la pasión-- arroja una luz
completamente nueva sobre este misterio, dando otro sentido al sufrimiento
humano en general" (Juan Pablo II, 1988). O sea, que para tratar de leer
el misterio del sufrimiento, debemos desde la Cruz de Cristo, leerlo desde el
lenguaje del amor.
Él
Jesucristo, el Santo Varón de Dolores, quien experimentó en su cuerpo mortal
toda clase de sufrimientos: dolor emocional ante la pérdida de seres queridos
como Lázaro, frustración y profunda pena ante la decepción que le produjo el
abandono de aquellos a quienes más amó, la impotencia de no poder escapar de la
voluntad divina en el Huerto cuando su Amado Padre le exigía la entrega total –
la entrega de sí mismo – el dolor físico tras las agresiones de la flagelación,
la desesperación de ver a su querida madre sufrir amargamente sin poder
evitarlo mientras recorrían juntos el Vía Crucis o la gran noche oscura de la
Cruz, en donde afirmó sentirse abandonado por Dios. Nos invita a hacernos uno con El, asumiendo el
sufrimiento, desde nuestra vocación laical y que el bautismo nos concede a
través del sacerdocio de Cristo – siendo profetas (anunciando y denunciando el
dolor de los pobres), sacerdotes (ofreciendo ofrendas y sacrificios por los
pecados del pueblo y por los propios) y reyes (curiosamente el reinado de
Cristo no es como los reinados del mundo en donde se obtienen beneficios de los
súbditos, nuestro reinado es uno de servicio y de amor, a imagen de Cristo entregarnos
completamente en solidaridad y fraternidad).
Pues, habiendo sido probado en el sufrimiento (dice la Carta a los
Hebreos), puede ayudar a los que se ven probados (Hebreos 2, 18). Jesús al asumir nuestra condición humana,
expresó un gesto solidario del amor de Dios que se manifiesta en su persona,
para que nosotros vivamos esa misma dimensión de amor con los hermanos. Ejemplo de ese acto de solidaridad comienza
con su bautismo en el Río Jordán, sabemos que no era necesario que Jesús se
sometiera obedientemente, al bautismo promovido por Juan. Si hacemos memoria de Juan El Bautista, todo
el tiempo invita a sus discípulos al arrepentimiento y a la conversión – al
cambio de vida; Jesús siendo verdadero Dios y verdadero Hombre, menos en el
pecado, no necesitaba arrepentirse de nada, no necesitaba la conversión. Sin embargo, era necesario que padeciera para
que su gloria se manifestara, en el Jordán, tanto como en el Monte Tabor en la Transfiguración,
así como en el Gólgota. Para deleitarnos
en la gloria de la Resurrección, es necesario someternos con voluntad firme y
confianza en Dios a las inmundicias de esta vida mortal – a la Pasión y Cruz de
lo cotidiano, para contemplar desde el sufrimiento todos los favores que el
Señor nos tiene reservados. Para poder
contemplar sin velos en el rostro los favores que el Señor manifiesta a su
pueblo, a través de sus Santas Llagas. Bien
decía San Veda, El Venerable Presbítero, al meditar sobre el Magníficat… Proclama mi alma la grandeza del Señor. Sin duda que sólo aquel en
quien el Poderoso hace obras grandes sabrá proclamar dignamente la grandeza del
Señor y podrá exhortar a los que, como él, se sienten enriquecidos por Dios,
diciendo: Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre.
Aceptar
la invitación de unir nuestros sufrimientos a los de Cristo, como dice San
Pablo, para completar en nosotros lo que
falta a la pasión de Cristo. Implica
que nuestra unión a Cristo a través de nuestro dolor, nos convierte a cada uno
en participantes activos del Plan de Salvación, en la Redención que se
manifestó en la cruz y que se extiende hasta nuestros días. Asumir nuestra misión sacerdotal es vivir
como Cristo vive frente a nuestro Padre – Dios intercediendo y reparando por
nuestros pecados y por lo del mundo entero.
Como dice la Carta a los Hebreos: “Todo Sumo Sacerdote es tomado de
entre los hombres y es establecido para ser representante ante Dios. Le
corresponde presentar a Dios ofrendas y victimas por el pecado y es capaza de
comprender a los ignorantes y extraviados porque el también tiene sus
debilidades.
Mientras
me preparaba para esta reunión, me preguntaba si estábamos conscientes del
significado de la palabra sufrimiento.
Me di a la tarea de buscar algunas definiciones, comenzando por la
naturaleza fisiológica del dolor para luego poder entrar en la dimensión
subjetiva de la experiencia individual.
Es decir, que podemos definir el sufrimiento o dolor como una sensación
motivada por cualquier condición
que someta al sistema nervioso al desgaste. El sufrimiento, como cualquier otra
sensación, puede ser consciente o inconsciente. Cuando se manifiesta de forma
consciente lo hace en forma de dolor o infelicidad, cuando es inconsciente se traduce en agotamiento o cansancio. Esto
implica que cuando estamos sometidos a un estado de malestar psíquico nuestro
cuerpo y nuestra mente reciben el impacto de esa experiencia. Aun mas, cuanto más fuerte o difícil es la
experiencia, la memoria de dolor queda profundamente grabada en nuestro cerebro
ocasionando cambios significativos en el estado de ánimo. La mayoría de las veces los cambios
emocionales, el desgaste emocional y espiritual que un enfermo experimenta,
está asociado al descontrol que produce en su vida la enfermedad. Descontrol porque nuestra mente racional lo
quiere saber todo, lo quiere dominar todo, porque nuestra naturaleza humana
siempre nos conduce a evitar el dolor, a buscar un aliciente que mantenga la
sensación de placer y bienestar que nos indica que todo va bien que nuestras
vidas está en orden. Así mismo
entendemos con mente estrecha a Dios, creemos que Dios es Bueno solo cuando nos
da lo que creemos que merecemos, cuando responde a todas nuestras
peticiones. Por el contrario cuando
entendemos que Dios ha permanecido en silencio ante nuestros reclamos, cuando
creemos que se ha olvidado de nosotros o cuando no nos escucha, este Dios no
tiene sentido y hace cosas sin sentido, nos desmoralizamos y nos sentimos
abandonados por Dios. De ahí que tu rol
como misionero acompañante o visitante de enfermos es una experiencia
polifacética (bien variada) salimos al encuentro del enfermo y quizás su
malestar físico deteriora el cuerpo, pero más profundamente deteriora el
alma. Tu Misionero Visitante de
Enfermos, eres el rostro Fiel de Dios, que con tu presencia le manifiestas al
hermano enfermo, las mismas palabras que Dios le ha manifestado al ser humano
cada vez que sale a su encuentro, las mismas que el profeta Isaías expresó… “No
temas, porque yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre, tú me
perteneces… porque tú vales mucho a mis ojos, yo te aprecio y te amo mucho… No
temas, pues, ya que yo estoy contigo. Yo
les invito también a que guíen y alienten a los enfermos a descubrir como ellos
mediante su dolor han entrado en la escuela del sacrificio, su ofrecimiento
como reparación por el bien de la humanidad, de la Iglesia, de sí mismos. La
Santísima Virgen, suele formar a almas particularmente elegidas para ser iconos
más visibles de Cristo Crucificado. Esta es la "escuela del sacrificio y del dolor" (expresión del P. Pío). Juan Pablo II decía que
esta Escuela lo formó a ser un hombre austero, sensible al dolor, despojado
desde muy pequeño de todos los apoyos y apegos humanos, para crecer así en
total confianza en Dios y en María Santísima. Todo esto, además, aumentado por
los grandes sufrimientos del pueblo Polaco, que por 200 años fue un pueblo
víctima de alguna ocupación, opresión, guerra, abandono, falta de libertad en
todos los aspectos, incluso o de religión.
Por estar tan consciente de
que su vocación es fruto del sufrimiento de muchos, nos diría el 11 de Febrero
del 2000, en el Jubileo de los enfermos: "Queridos hermanos y hermanas que sufren,
tenemos con ustedes una gran deuda. La Iglesia tiene con ustedes una gran
deuda. También el Papa la tiene". Con esto quería enfatizar un mensaje muy cercano
a su corazón, y que a través de su pontificado, dirigió incesantemente a toda la humanidad: "el
sufrimiento, junto con sus oraciones, son una fuerza poderosa de gracia y
salvación para la Iglesia Universal."
La compañía, el afecto, la
oración y la escucha silenciosa de aquellos discípulos misioneros que acogen al
enfermo es vital para lograr un sistema de apoyo que produzca un balance
emocional y un estado de alivio… como dice la Palabra en diferentes salmos o
lecturas del evangelio un bálsamo de paz.
Porque eso es Cristo para el enfermo un bálsamo sanador que alivia, que
fortalece, que consuela… El es el Príncipe de la Paz, que viene a traernos la
Paz.
Decía María Teresa
de Calcuta: “Nuestros
sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos
a Él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos
nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control, y podemos confiar
plenamente en Él”. Sabias palabras de
esta santa hermana, pienso que podía decirlas porque experimentó muchas veces
el dolor de la incomprensión de muchos, que no entendían que el amor a Dios y
su fidelidad como esposa de Cristo, la impulsaba siempre a vencer sus
limitaciones, para ir en busca de los más pobres de Calcuta y servirles. Cuantos santos y santas han llenado de gloria
nuestra Iglesia con su testimonio de entrega total, imitando a Jesús el Santo
servidor de todos. Para ser solidario y
empático con aquellos que sufren no es necesario pasar por las mismas
experiencias, sin embargo, aquellos que han contemplado el rostro providente de
Dios, puede con justa razón alentar y estimular mediante su testimonio, que en
medio del dolor no hay nada que temer porque Dios está con nosotros. Hermanos y Hnas, las experiencias dolorosas
de pérdida, decepción y de angustia que hemos vivido nos capacitan para
enriquecer a otros. Siempre que dicha
experiencia nos haya dirigido al encuentro íntimo con Dios en lugar de renegar
de su presencia y alejarnos de Él en medio de la adversidad. En el Vaticano II
encontramos la siguiente exhortación: una sociedad que no
consigue aceptar a los que sufren y que no es capaz de contribuir mediante la compasión
a hacer que el sufrimiento sea compartido y llevada también
interiormente es una sociedad cruel e inhumana” (Carta enc. Spe
salvi, 38). Sera que
nosotros con nuestros modernismos nos hemos convertido en esa sociedad cruel e
inhumana, desconectada de todos, creyendo falsamente que solos podemos más que
apoyándonos mutuamente. Esa misma
crueldad en ocasiones no es otra cosa que nuestra incompetencia para aceptar
nuestras limitaciones porque al ver el dolor de los hermanos podemos con
facilidad contemplar el dolor propio y cuan vulnerables somos. Acompañar y contemplar al enfermo es como
contemplar a Cristo, el Siervo doliente colgando de la cruz o en su mortaja
como medita nuestro Santo Padre Benedicto XVI en el Mensaje publicado con
motivo de esta jornada dice: contemplarlo es una invitación a reflexionar sobre
lo que escribe san Pedro: “Por sus llagas habéis sido curados” (1Pe 2,24).
El Hijo de Dios sufrió, murió, pero ha resucitado, y precisamente por esto esas
llagas se convierten en el signo de nuestra redención, del perdón y de la
reconciliación con el Padre; se convierten también, sin embargo, en un banco de
prueba para la fe de los discípulos y para nuestra fe: cada vez que el Señor
habla de su pasión y muerte, ellos no comprenden, rechazan, se oponen. Para
ellos, como para nosotros, el sufrimiento permanece siempre lleno de misterio,
difícil de aceptar y de llevar. Los dos discípulos de Emaús caminan tristes por
los acontecimientos sucedidos aquellos días en Jerusalén, y sólo cuando el
Resucitado recorre el camino con ellos, se abren a una visión nueva (cfr Lc 24,13-31).
También al apóstol Tomás le cuesta creer en la vía de la pasión redentora: “Si
no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de
los clavos y la mano en su costado, no lo creeré” (Jn 20,25).
Pero frente a Cristo que muestra sus llagas, su respuesta se transforma en una conmovedora
profesión de fe: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20,28). Lo que antes era un
obstáculo insuperable, porque era signo del aparente fracaso de Jesús, se
convierte, en el encuentro con el Resucitado, en la prueba de un amor
victorioso: “Sólo un Dios que nos ama hasta tomar sobre sí nuestras heridas y
nuestro dolor, sobre todo el inocente, es digno de fe” (Mensaje
Urbi et Orbi, Pascua 2007).
Además, yo le invito a sentirse impulsados por las palabras del Profeta
Isaías en el capítulo 61, reconozcan que ustedes también han sido llamados por
Dios ungidos por él para sanar, para liberar a los más pobres.
El espíritu del Señor Yaveh está sobre mí, por cuanto que
me ha ungido Yaveh. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado, a
vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los
reclusos la libertad; a pregonar el año de gracia de Yaveh, día de venganza de
nuestro Dios; para consolar a todos los que lloran, para darles diadema en vez
de ceniza, aceite de gozo en vez de vestido de luto, alabanza en vez de
espíritu abatido. Se les llamará robles de justicia, plantación de Yaveh para
manifestar su gloria.
Gloria al Padre, al Hijo y al
Espíritu Santo
Como era en el Principio, Ahora y
Siempre
Por los siglos de los siglos. Amen

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